Written by 7:54 pm Fuego interno

El último juego | Alejandro Padrón

Hace apenas unos meses se produjo un descubrimiento que llenó de júbilo a los admiradores de Borges y se convirtió en motivo de estudio para la literatura universal: apareció un manuscrito de la única novela escrita por Jorge Luis Borges. Esta obra, de sesenta y cuatro páginas, se encontraba bajo la custodia de la mucama que lo acompañó durante las últimas cuatro décadas de su vida, hasta el momento de su partida definitiva a Ginebra, donde habría de morir.

La forma en que el manuscrito llegó a manos de la mucama ha sido motivo de especulación. No existe certeza sobre si fue un hurto perpetrado o un acto de generosidad y reconocimiento por parte del escritor bonaerense, quien consideraba que ella tenía méritos para custodiar un documento de esa naturaleza. Esta ambigüedad reforzaría el misterio y el juego literario que caracterizaban al intelectual argentino.

Tras una rigurosa investigación, se descartó que la mucama hubiera sustraído algún objeto, y mucho menos borradores o escritos mientras realizaba sus tareas de limpieza o cuando se encontraba sola en la casa. Finalmente, se impuso el criterio: ella era analfabeta y, por tanto, desconocía el valor del tesoro que tenía en sus manos.

Fue una empleada hecha a la medida del propio Borges. Desde el primer encuentro, el escritor supo que sería atendido y cuidado como nadie lo había hecho antes. Para ella, Borges jamás fue el personaje literario que la historia reconocía; pues se trataba de un hombre bondadoso y querido, especialmente por jóvenes estudiantes de literatura que durante años visitaron el hogar del viejo conversador en el sexto piso de la Calle Maipú 994.

El obsequio que el maestro le hizo dio pie a las más insólitas elucubraciones y, de ese modo, consumar le dernier act de plaisir que se llevaría sonriente a la tumba. El acto de Borges al dejar el manuscrito en manos de una mujer inocente y ajena a la literatura, no fue casual ni improvisado. Más bien, fue una decisión coherente con la actitud del autor del Aleph a lo largo de su vida. Para Borges, el destino de esas páginas —si se perdían o llegaban a ser descubiertas más adelante— era otro asunto; su desapego y la naturalidad con que trató el legado de su obra reflejan su visión particular sobre la trascendencia y la literatura.

Este simple acto formaba parte de la estrategia narrativa que lo caracterizó. Se trataba de un juego dentro de su propia obra y de su relación con la posteridad. Una forma de resistencia ante la inmortalidad; una suerte de combate último en el que, literatura y vida, se fundían.

Tal como era previsible, las declaraciones que la mucama concediera a una revista española antes de retirarse a la pampa la situaron en el centro de atención. A raíz de sus palabras, María Kodama, junto con el abogado de la familia, comenzó a acosarla de manera persistente. Ambos estaban decididos a averiguar si, durante sus años de servicio en Maipú, la señora había recibido algún manuscrito, o si, por el contrario, se había atrevido a sustraer alguno de estos bienes sin que nadie lo advirtiera. La insistencia con que trataron de esclarecer este asunto fue tal que sometieron a la mujer a un interrogatorio exhautivo para descubrir la verdad.

Según ellos, la mucama debió haber escondido alguna pertenencia. Esta convicción no surgía de una simple sospecha, sino que se alimentaba de la personalidad y el carácter del escritor. Su fama de “ilusionista del lenguaje” hacía que quienes le rodeaban consideraran posible que hubiera dejado oculto algún legado. Era la idea de un juego, de una acción premeditada por el propio escritor, que otorgaba sentido a la búsqueda como parte de un último acto literario.

Tumba de Borge en Ginebra

Ella, plenamente consciente de la personalidad y las intenciones de María Kodama, antes de abandonar la casa del escritor tomó una determinación previendo posibles reclamaciones o presiones, y guiada por una mezcla de prudencia y afecto, decidió trasladar el manuscrito entre sus prendas íntimas.

Para la mucama, la verdadera importancia de aquellas páginas residía en su valor sentimental. No se trataba de un patrimonio literario, sino de

un recordatorio tangible del hombre al que había cuidado con dedicación durante años. Su motivación fundamental era preservar, la memoria de quien había sido para ella una presencia cercana y entrañable.

Durante una década, la sospecha sobre la existencia de la novela se mantuvo latente, alimentada por pequeños indicios. El verdadero detonante para que la viuda redoblara sus sospechas fue una anotación al margen de uno de los libros del propio escritor: “ella conservará el atrevimiento, lo protegerá de los propios dioses”. Estas palabras enigmáticas acentuaron la inquietud de la heredera, quien vio una prueba irrefutable de que la antigua mucama guardaba algo más que simples recuerdos.

La perseverancia del abogado de la familia, sumada a la presión constante de la viuda, finalmente dio sus frutos. Tras numerosos intentos y una búsqueda meticulosa que abarcó incluso los lugares más apartados, lograron localizar a la doméstica.

En lo más recóndito de la pampa argentina, la viuda de Borges y el abogado de la familia encontraron a la mucama. La casucha aislada donde residía parecía ajena al paso del tiempo. La mujer, casi ciega como “El Señor” —nombre con el que acostumbraba a referirse a Borges—, reconoció desde lejos a los visitantes por la estridencia de sus voces.

La anciana postrada en una vieja silla de cuero, incapaz de moverse con facilidad, sintió cuando la pareja traspasó el umbral de la puerta. La escena evocaba la imagen de dos fantasmas al acecho, decididos a desentrañar el último misterio del antiguo director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires.

A pesar de la incomodidad y la presión, la mucama respondió a las preguntas con la misma serenidad y reserva que había mostrado tiempo atrás, justo antes de abandonar el piso en Buenos Aires. Mientras el abogado registraba minuciosamente la casa, la anciana mantenía su postura firme, fiel a la memoria y al vínculo forjado con el escritor.

En el interior de una caja de metal forrada en plástico, el manuscrito apareció. María Kodama extrajo del cofre el conjunto de hojas. Emocionada, leyó el título: El último juego. Al pasar la primera página, se detuvo en la dedicatoria con visible sorpresa, ante las misteriosas líneas de intimidad dirigidas a un destinatario desconocido. El abogado sacó de su cartera veinte euros y lo colocó sobre la mesita junto a la anciana ciega. Tras este acto, ambos abandonaron la casucha, satisfechos.

Cuando la anciana percibió que los visitantes se habían alejado, sacó fuerzas para levantarse. Con movimientos pausados, se dirigió hacia la única habitación que tenía. Revisó algunas pertenencias, asegurándose de que todo estuviera en orden. Se acercó al espejo biselado, cuya superficie reflejaba no solo su imagen, sino también las memorias vividas. Se internó en el espejo y comprobó que su tesoro seguía oculto, justo donde lo había dejado.

En ese instante, sintió un eco lejano, como si las voces de otras edades se manifestaran en la quietud de la habitación. Percibió, casi como un susurro, la voz aterciopelada del maestro, recordando sus bromas y comentarios sarcásticos sobre quienes intentaban alcanzar lo imposible. Una carcajada resonó desde el alma de la anciana, y murmuró unas palabras, imitando la voz de su viejo y enigmático empleador.


Alejandro Padrón Buonaffina. Monagas, El Rincón (1944). Su patria chica es Cumaná. Profesor jubilado de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela. Miembro del Comité Organizador de la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas de la misma universidad. Estudios de Maestría en Tecnología y Administración Petrolera en Inglaterra. Doctor en Economía de la Sorbona de París. Embajador de Venezuela en Trípoli, Libia. Narrador y cineasta. Ha publicado cinco libros de cuentos, cinco novelas y un libro de crónica. Publicaciones recientes: El espejo de Ut-Talem (cuentos 2014); París siempre valía la pena (2021); Voces de la memoria (2026). Reside en Calella, provincia de Barcelona, España.

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