Written by 9:34 pm Crónicas combustibles

Escribir de la vida | José Pulido

Ahí estaba con la cara hacia el cuaderno como si me viera en un pozo, en un río.

Tenía que escribir mi propio libro para tener uno. No se trataba de ir a comprar un libro sino de tener uno de verdad propio. Pero ¿de qué iba a escribir? Siempre escuché que lo mejor era pedir consejos a las personas que habían vivido mucho. Por eso me fui detrás del primer anciano que se me atravesó: el señor Ezequiel, quien caminaba poco a poco porque tenía una pierna que era una lástima de pura llaga. Lo alcancé y de una vez le pregunté:

—Quiero escribir un libro ¿sobre qué cosa escribo?

El señor Ezequiel era analfabeta pero muy sabio. Me miró un momento y antes de responder cualquier pregunta dijo lo que todos decían:

—¿Eres el gafito? ¿el hijo de la negra?

Después que le dije que sí con la cabeza, habló sin mucha prisa, pero luego se apartó y se alejó como si me tuviera miedo.

—Debes escribir de la vida.

Ya imaginaba eso, pero no sabía qué cosa era escribir de la vida.

Corrí hasta alcanzarlo, aunque se había movido muy poco.

—¿Qué es la vida? ¿por dónde empiezo?

Se notaba fastidiado y sé que le dolía la pierna. Tenía el ruedo del pantalón subido y se veía morada, violeta, a punto de estallar.

—Busca a Santa: ella es una mujer de la vida— dijo y siguió su camino.

Me gustaba la señora Santa. Era una señora más joven que mi mamá, apenas un poco más joven. Y usaba cosas bonitas. No sé. No tenía hijos, pero podía dar teta a muchos niños, según su modo de estar viva. Era saltarina, bonita. Y se sentaba y se subía el vestido porque hacía calor. Como era vecina nuestra la visité al mediodía de un lunes que estaba sola.

—Pasa, hijo ¿Qué quieres? — dijo mirándome y luego se puso a pintarse las uñas de los pies. Estaba sentada en un banco de madera que se pudría en el patio. No había jardín ni nada y uno se daba cuenta de que ella no necesitaba jardín porque su casa era hermosa de todas maneras.

Me dediqué a verla mientras se pintaba las uñas, aunque más que todo me quedaba hipnotizado con sus piernas y como se inclinaba mucho también veía sus senos que colgaban tan bonitos, adornados inclusive con una cadena de oro y un medallón que ni se veía. Sumergido.

Le conté rápidamente lo del libro.

—Ah…ya escuché que quieres escribir un libro— comentó.

Después, mirándome directamente a los ojos dijo:

—¿Qué tengo yo que ver con tu libro?

—Es que me dijeron que debo escribir de la vida y que usted es una mujer de la vida…le vengo a preguntar cómo se escribe de la vida.

—Cuando dicen que soy una mujer de la vida quieren decir que soy una mujer de la calle, que puedo ir donde quiera y quedarme en la calle si me da la perra gana.

—Mi mamá entonces es una mujer de la vida, porque ella sale para el mercado y cuando trabaja en las casas ajenas lavando ropa o cocinando se queda todo el día.

—No, hijo: tu mamá es una señora de su casa. De la calle quiere decir que me puedo quedar durmiendo en cualquier habitación con equis persona y me pagan por eso.

—Yo duermo con mi hermanito y no me pagan. Deberían pagarme: pega patadas toda la noche.

La señora Santa, se quedó como en el aire. Pensó un rato tan largo que sentí deseos de irme, apenado, porque me parecía que estaba diciéndome “ya terminamos”. Entonces largó la carcajada y comentó:

—Mira, negro (todos me decían negro) después te explico la cuestión, pero lo que debes hacer es leer unos libros para que te des cuenta de que puedes escribir de todo, que eso es la vida. Puedes decir cosas verdaderas y también puedes inventar. Tengo dos libros que te regalaré. No te los prestaré: te los regalaré para que tengas algo tuyo.

Entró a su casa y sentí olores hondos y únicos. Esa mujer era tan distinta. Ojalá mis maestras de sexto grado fueran como ella. Ojalá mis primas y mis tías fueran así. En el fondo, todas las mujeres deberían copiarla. Cuando salió me entregó dos libros. Uno tenía en la portada este título: “El hombre invisible” y el otro decía: “Doña Bárbara”.

Antes de que me fuera, la señora Santa me acarició la cara y me aconsejó:

—Nunca dejes de escribir de amor en tus libros. El amor es lo más bonito que hay.

—¿Qué es el amor?— pregunté.

—Cuando quieres a una persona mucho. Hasta hacerla sentir que se quiere ir lejos de ti de tanto quererla. Por ejemplo. También puedes amar un lugar o a una manera de trabajar, pero lo más sabroso es querer a una persona y que te quieran. Después te explico. Ahora es tiempo de que te vayas para tu casa porque debo bañarme.

Le di las gracias y traté de pensar en eso: no sé si podré decir a las personas que se vayan de mi casa cuando esté a punto de bañarme. Pero lo haré. Es una magnífica sensación.


José Pulido. Poeta, escritor y periodista venezolano, nacido en 1945. Reside en Génova, Italia.  Es miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y miembro del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela. Del 1999 al 2012 fue adjunto al director de la revista BCV Cultural del Banco Central de Venezuela. En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela de la Editorial Planeta. En el año 2000 recibió el Premio Municipal de Poesía, por su poemario “Los Poseídos”.  En septiembre de 2022 recibió la Mención Honorífica del I Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz y en 2024 obtuvo el Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo – Antonio De Ferrariis” en su XI edición, Milán, Italia. Ha publicado nueve poemarios y nueve novelas. Forma parte de la Antología en homenaje a Miguel de Unamuno, del XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos de Salamanca. Ha sidoinvitado al Encuentro de Poetas Iberoamericanos celebrado en Salamanca en los años 2012 y 2023. En 2018, 2019, 2020, 2024, y 2025 ha sido invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova.

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