Día rutinario en Remex System y Co.
—¡Hola niñas! —dije a mis compañeras Rita y Ruth.
Ellas respondieron alegres. Se escuchaba música bajita en el radiecito de la oficina de analistas de personal de la empresa. Tuvimos una breve y amena charla sobre lo que había sido el fin de semana para cada una, y luego nos concentramos en sacar nuestras tareas: prestaciones, nóminas, impuestos… La música de la radio era interrumpida de vez en cuando por un locutor, pero ninguna le paró porque estaba a muy bajo volumen.
De repente sentí un dolor muy fuerte en el pecho, agudo, y empecé a llorar sin poder parar. Ruth y Rita interrumpieron sus labores; me auxiliaron y me preguntaron qué me pasaba. Solo repetía: “No sé, no sé”. Me lancé a los brazos de Ruth y grité: “¡Ayúdame, chama, ayúdame! ¡Nunca me había pasado esto!”. Rita me buscó un guarapo y me acercó el ventilador. Entre las dos me llevaron a la poltrona del jefe, pero ni el dolor cedía ni yo dejaba de llorar.
—¿Buscamos un médico? —preguntó Ruth.
—No —dije—. Esto pasará… pero no sé qué es.
—Tú no eres nerviosa… es extraño. ¿No será un ataque cardiaco? Mejor llamo a un médico.
—Te digo que no —respondí.
Hice un gran esfuerzo por aplicar lo que había aprendido en yoga y finalmente logré empezar a respirar más profunda y pausadamente. Inspiré y espiré varias veces; el dolor seguía, pero ya no lloraba. Debieron ser apenas unos instantes, porque después volví a llorar y Ruth tuvo que abrazarme de nuevo: “No sé, no sé qué me está pasando…”. Por fin la técnica respiratoria hizo su efecto y el dolor empezó a ceder. De todas formas, ya no pude trabajar.
Mi jefe, Luis Hernández, asintió:
—Está bien, Andreína. Eres buena trabajadora, vamos a darte un permiso por el día de hoy… pero ¿no será esto historia de una barriga, no?
—¡No! —contesté molesta y me retiré.
Al llegar a la casa, mamá estaba llorando desesperada:
—Diana llamó. Tuvo una hemorragia en la manifestación de Guarenas y perdió el bebé… Ay niña, mi nietecito, niña… mi nietecito…
Siguieron días de dolor, culpa, visitas a casa de Diana… y todo en medio del toque de queda y la suspensión de garantías constitucionales. Fueron días tristes, pero también de encontrarnos como familia. El transporte estaba caótico y casi no se podía trabajar, así que a los pocos días Diana y yo nos vimos montadas en un autobús rumbo a casa de mi abuela Belisaria, en Tumaque, de donde vienen todos los Jiménez de la familia.

Tumaque nos recibió como siempre: con sus caserones con corredores, sus solares y sus calles aún empedradas, su río turbulento, el mismo que corre por donde se abrazan Lara y Yaracuy, muy cerca del Sorte, referencia ineludible para varias de mis tías y primas. Pero pese a esa cercanía, en casa de mi abuela lo que se respira es Lara, con su tamunangue, sus garroteros, sus cuatristas y golperos. Belisaria, con todo y sus 87 años, es todo eso. Tal vez pilar maíz sea bueno para la salud, porque hay que ver la fortaleza que hoy tiene. O quizá fue la paila de chimó que le dio su primer empleo pago, o su capacidad para hilar capelladas de alpargatas, o tal vez fueron los 15 muchachos que parió y crio sola… o el mal rato que le hizo pasar su tía Nilda cuando la amarró al pilón y la tiró por el barranco, o cuando la echaron de la casa paterna, llamándola “puta” solo por aquel atravesado embarazo en plena adolescencia. Algo tiene que haber sido.
Belisaria nos vio llegar y abrazó a Diana con ternura, aunque fue muy breve. A mí apenas me pasó la mano por el cabello y volvió a menear el melado que tenía en la candela:
—Mija, yo sé que es duro… pero tú vas a parir dos hermosas niñas. Te diré que más me preocupan Andreína y Héctor, que no tendrá muchachos. Por ustedes el apellido Jiménez no seguirá.
—¡Na guará! Jiménez hay por bojote —dije asustada por la premonición que me tocaba directamente y que como mujer era difícil de tragar—. Yo acabo de salir de un divorcio justamente porque Jorge no se atrevía a dar ese paso. Pero hombres hay bastantes por ahí y ya verá cómo le doy el bisnieto que Usted se merece.
Dejó el melado, se dio vuelta y sentenció:
—No, mija. Al que Dios no da hijos, el diablo le da sobrinos.
Vinieron unos días de esparcimiento, sobre todo para Diana, que los necesitaba. La imponencia de la cascada del río y las conservas, guarapos y dulces de Belisaria fueron recomponiendo el ánimo de mi hermana.
Regresamos a nuestras casas y el tiempo transcurrió como en todas las familias. Diana efectivamente tuvo a Dianita y Valentina. Héctor, en cambio, no logra montarle una barriga a su mujer, y yo… ya voy por 41 y no aparece hombre de quien enamorarme para contradecir a mi abuela. No me han faltado mis momentos apasionados, pero no soy mujer de parir sola. Recuerdo a un tipo que amé con loca emoción, pero aquello no fue más que una de las más hermosas escapatorias a una vida con estrechez económica y trabajo duro para parar la olla. Hombres dulces hay algunos en medio de tanto macho vernáculo hueco de mente, pero esos ya tienen dueña, y yo no soy amiga de romper hogares.
Así como aquella vez del dolor agudo en el pecho, he tenido otras muchas premoniciones, sueños con advertencias y visiones de muertos. Belisaria me ofreció llevarme a casa de tía Coromoto:
—Mija —me dijo—, usted tiene facultades. Si quiere… mire que su tía es de las que sabe, esa fuma con la candela para adentro y lo lee todo… esas cosas, cuando nacen con una, se pueden desarrollar.
—Mire, abuela, yo no quiero aprender esas cosas —contesté—. Lo que sí quisiera saber es por qué estuvo usted siempre tan segura de que yo no tendría muchachos.
—Mija, usted sabe lo que yo sé: cuando una nace en casa donde no es esperada, lo que tiene que parir es cariño, luchar por una caricia. Así, lo que le tocó a usted fue ser madre de Héctor y de su propia hermana Diana, con todo y lo mayor que ella sea. Usted sí tiene hijos, que son sus dos hermanos. Y la verdad es que mi hija, su mamá, siempre estuvo más pendiente de agradar a su papá, el diablo ese, que en ocuparse de ustedes… Yo sé lo que usted ha vivido, mijita, por eso la quiero tanto…
Definitivamente, mi abuela sabe más que todos los libros que yo me leí en la Biblioteca de Préstamo Circulante de Plan de Manzano. Allí no logré su sabiduría, pero sí aprendí esa palabrita que me llamó tanto la atención y puso un norte en mi vida: Resiliencia.
Pablo Kaplún Hirsz. Uruguay (1961). Geógrafo ambiental. Comunicador social. Escritor. Es articulista del diario El Nacional. Pasó largos años trabajando en Venezuela como promotor social en las comunidades del páramo merideño. Ha escrito cuentos y actualmente espera la publicación de su primera novela: Mate con arepas y churros (2026). Reside en Madrid, España.








