¿Habría este buscar eterno si lo hallado existiese?
Antonio Porchia: Voces.
…deshacer el camino, dibujar el paisaje desde el ángulo opuesto, el olor a gasoil y aceite quemado, la blanca blanca camisa de los chóferes, el insistente tac-tac del Mercedes Benz, su boleto por favor, los paquetes en equilibrio sobre las barandillas del techo, un permisito, cómo no, gracias, un mal puesto, hay que resignarse, justo tras el asiento del conductor, junto a la ventana, justo frente a las luces de los vehículos que vienen en dirección contraria. Un cuerpo delgado se detiene a mi lado, asciendo desde el azul del bluyín, la camisa de flores minúsculas, hasta una cabellera oscura muy larga y unos brazos morenos extendidos hacia arriba, como pidiendo algo al cielo metálico, tratando de colocar un pequeño maletín. Engatillo una sonrisa para la compañera de viaje que el azar me obsequia, se sienta lentamente, busco sus ojos mientras ella busca con esmero algo en su bolso, escudriña entre su pelo, la búsqueda se hace interminable, para ambos, me ignora, dudo momentáneamente de mi existencia, guardo mi enfriada sonrisa, dudo de la existencia de sus ojos. En fin, partimos, cansados del futuro cansancio, plácidos (no sé por qué razón hablo en plural), recorremos la larga y última autopista de la gran ciudad, dejamos nuestro odio a tanto ruido y tanto humo colgado de las astas de las banderas de los edificios, y pensamos, una vez que la abandonamos, estando seguros de haber partido, que no es tan sórdida ni tan poblada, y soñamos junto al atardecer, suéteres en mano, tiempo en mano, con la ciudad que espera, con nuestra ciudad oculta entre las montañas y la aurora. Cada segundo nos aleja rápidamente de todo lo detenido, de lo perdido, de lo olvidado; los cambios de velocidades, el continuo rugir del motor, dividen en parcelas nuestro silencio, el de mi compañera de asiento y el mío; escojo palabras fértiles para sembrar oraciones,
gestos, miradas, pero cada kilómetro recorrido hace más difícil la cosecha, y no me queda otra alternativa que torcerle el brazo a mi timidez y ofrecerle un cigarrillo y obtengo como respuesta una sonrisa breve, la certeza de la presencia de un par de ojos vivaces en sus respectivas cuencas, y un no gracias no fumo acompañado, desde luego, con un giro lento de cabeza hacia su lado izquierdo, donde estoy sentado. Me reconforto, después de todo el esfuerzo no fue en vano, pude verificar mi existencia.

La noche y el día se confunden, las chimeneas de las industrias, las siluetas de las fábricas, son sombras que bordean la gran autopista centro occidental, la vida de los trabajadores ausentes, lejanos. Ha transcurrido la primera hora de viaje, los niños se han tranquilizado y sus gritos ya son simples voces alegres. De mi prometida —por mí — locuaz compañera de viaje, sólo quedan un par de muslos voluminosos contenidos por el azul, y un hombro que apenas roza mi brazo. La situación no me satisface, preparo mis baterías, apunto nuevamente: ¿quiere un caramelo?, la miro y la observo ausente, risueña, y lamento perturbarla cuando le repito mi ofrecimiento; ella reacciona, pide disculpas por su distracción, me muestra su rostro, y yo me alegro, la libro de culpas con un no se preocupe, disfruto el negro de su mirada mientras un caramelo de naranja pasa de mano en mano. Confirmamos nuestro destino común: mi ciudad blanca, su pacífica urbe provisional, intercambiamos sonrisas, profesiones y otras trivialidades, considero la posibilidad de hablarle de política, pero antes de poder comunicarle mi decisión el silencio nos ha vencido otra vez. Ya no insisto, comprendo que prefiere estar callada, distante. Por la ventana del conductor entra viento fresco. La verde horizontalidad del llano está afuera, en la oscuridad, las luces del autobús pretenden atrapar cónicas parcelas para mí, para los demás pasajeros. Me viene el deseo de adelantar las manecillas del reloj, de un reloj mágico, para ganar tiempo, para perderlo en realidad.
Inesperadamente, la primera parada, café y galletas en un restaurante de la carretera. Ella prefirió no bajar de su vigilia, del colectivo. Regreso a su lado,
permiso, gracias. El claxon llama a los rezagados. El inevitable olor a gasoil. El tiempo continúa su marcha, a cien, a ciento veinte kilómetros por hora. Comienzo a sentir el frío de la noche. Un ligero movimiento coloca su muslo junto al mío, procuro no inquietarme, ni mirarla, la imagino dormida; al poco rato me acostumbro a su cercanía.
Una luna pequeña y brillante aparece a mi izquierda escapando de una gran nube; juego a seguirla, a no perderla en su lentitud; hilos de luz hacen un puente desde mis ojos, giros de mi cuello pretenden no dejarla escapar, se mueve en el parabrisas del chofer, ahora está quieta en mi ventana, ahora vira y se coloca en mi espalda, pierdo el juego, me conformo con sentir su claridad, con saberla ahí, y espero su regreso.
Los minutos gotean lentamente, pido a un dios provisional acceso a la llave. Mitad de viaje, la noche se adentra, la temperatura desciende, la sé más cercana, tibia. El sueño desplaza a la luna, de nuevo escucho el ruido del motor de avión acercándose a la ciudad, como siempre corro a la calle, el ruido se hace más cercano, intermitente, falla, lo busco entre el azul tenue y el blanco (una variante: pienso que ella va en la nave); lo encuentro al este de la ciudad, en dirección a la boca del aeropuerto; se deja de escuchar el motor, veo el avión cayendo, casi en picada, sin control, lo pierdo de vista unos segundos, hasta escuchar el rugir de una explosión. Despierto entre carreras, gritos lejanos y sirenas. A la sensación de una gran pérdida la sustituye la alegría de descubrir que comenzamos a subir el páramo. La luna ya no está, las montañas la escondieron para ocultar a los pasajeros que ella recostó su cabeza en mi hombro. Trato de no moverme, finalmente puedo mirarla con detenimiento, la parte derecha de su asiento está vacío, una de sus manos posa en mi pecho. Analizo la situación por un instante, pero el placer de su calor, la divina impresión de su cabeza, de su busto, de su pierna en contacto con mi cuerpo me libra de cualquier reacción. Disfruto, ambos conformamos un solo cuerpo, un núcleo de calor que nos cobija del frio de la montaña. Repaso centímetro a centímetro la sensación de cada parte de mi cuerpo que está en contacto con el suyo. Siento hervir los poros de mi muslo, de mi mejilla en su frente; divido, recorro cada largueza de sus dedos en mi pecho; mi cabeza es continuación desde mí oído a su larga cabellera oscura, a mi hombro, a su cuello, a mi brazo, a su seno…, al calor.
En medio de tanta paz, la segunda parada, estamos a más de tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, el blanco denso de la neblina nos rodea. Encienden las luces internas del autobús, los pasajeros levantan sus disimulados bostezos, miran a los lados como impresionados por la cara de impresión de los demás. El conductor abre la puerta, una ráfaga de viento helado nos busca de inmediato, y reaccionamos intensificando nuestro abrazo de extraños que han pasado muchos inviernos juntos. La sé despierta, imagino una separación inminente, pero permanece quieta, permanecemos quietos, y decidimos tácitamente mantenernos en nuestros asientos, conservar nuestro único cuerpo, nuestro silencio, sabiendo que ninguna taza de chocolate caliente puede separarnos, ni la más exquisita arepa de trigo, ni siquiera la promesa de un sol oculto en la chimenea del pequeño restaurante.

Reanudamos el viaje. Las luces del autobús inician su captura de frailejones incautos, guardo algunos en mi memoria, los uno al brillo de algunas estrellas clandestinas que veo en un breve solar azul, enmarcado por las nubes y el negro de las montañas. La neblina reaparece tras una curva cerrada, algún gallo burla con su canto el ruido olvidado del motor del transporte. Siento la ciudad tan cerca como el amanecer. Cierro los ojos, creo soñar, escucho cascos de caballos repicando sobre el pavimento; suena el claxon, las curvas no me permiten ver más allá de mis deseos. Los cascos persisten en su musicalidad a contratiempo, mi excitación aumenta. Ya se pueden percibir las primeras claridades en las cumbres. Fijo mis ojos en el parabrisas, al fin una recta, y no muy distantes, frente a nosotros, logro ver las crines danzantes de dos alazanes, la madre y su potrillo; no son los únicos, adelante cabalgan al trote dos árabes blancos y un rocín. Emocionado me yergo cuidadosamente en el asiento, buscando no deshacer el abrazo. El chofer insiste con el claxon, los caballos pasan del trote al galope ligero. El amanecer los hace más reales cada segundo, la neblina hecha ahora un pensamiento olvidado, se cruza entre sus piernas sin consecuencias. El potrillo alazán, nervioso, adelanta a los otros caballos seguido de inmediato por la yegua. El día acompaña a la cabalgata con tonos naranja sobre las montañas, para luego mostrarnos el rocío sobre el verde de la hierba y las hojas, el rojo de los techos de las casas de los campesinos. Algunos caminantes de ruana, sombrero en mano, pretenden infructuosamente apartar los caballos de la ruta del colectivo. El galope no cesa por largos minutos, se hace trote y hasta paso en las agudas curvas del recién iniciado descenso. Cruzamos San Rafael, los cascos repiten su resonancia hueca, haciendo eco entre las paredes blancas de las casas viejas que escoltan lado a lado la calle. En mi regocijo decido despertarla, pero no me atrevo.
El colorido de las siembras en las empinadas montañas, de las escasas y breves planicies, es ya el paisaje permanente. Los caballos parecen mirar de reojo sus colas al viento, mirarnos, y me distraen de los arados de los bueyes, de las plantaciones de claveles y geranios. Repentinamente galopan veloces, el rocín a la cabeza, hasta perderlos de vista. El chofer acelera tratando de alcanzarlos, imposibilitado por la continuidad las curvas. Escucho los movimientos inútiles de algunos pasajeros tratando de ubicarlos. Comienzo a irritarme, cuando los veo a lo lejos, en el borde superior de un triángulo de una curva, esperándonos, junto a la hierba que brota de un pequeño muro de piedra, esperándonos con su adiós de sudor, vapor blanquecino y miradas fijas, que nos siguen hasta perdernos en la siguiente curva, hasta perderse en nuestra memoria muchos días después, años después.
Imagino nostálgico nuestra pronta llegada, el regocijo al leer el letrero: BIENVENIDO A SANTIAGO DE LOS CABALLEROS, la nieve, arriba, a una jornada de camino, a un viaje, con retorno, con retornos, ella despertando, alejándose cuidadosamente de su sitio, alejándose del autobús equipaje en mano, alejándose de mi sonrisa, alejándose con su sonrisa.
Pedro Rangel Mora. Mérida, Venezuela. Abogado. Escritor. Dictó cursos de narrativa y novela policial en la Facultad de Humanidades y Educación. Integrante de la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas de la Universidad de Los Andes, Mérida. Obras: Abril negro (2024), La sombra (2019), Luna en capricornio (2014), El amigo imaginario (2012), Del reino del Demonio (2010), Muerte en la víspera (2008), El mensajero (relatos infantiles) (2007), Equis (ensayo ficticio) (2006), Jazz (relatos) (2006), El enemigo (2004), Autobiografías (1999), La yegua de la noche (relatos) (1995), El orden de los factores (1993), Coro de gansos (relatos) (1983). Reside en Mérida.








