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La migración forzada es una hilera de dolores | Maria Alejandra Ochoa

El silencio cifra rostros. El silencio es enemigo de la verdad,  la memoria,  la justicia y  la denuncia. El recuerdo de un país, es para un migrante un dolor silencioso. ¿Qué puede sustituir la pena, la tristeza, el mutismo sino es la belleza del arte, el sonido y la música. Se cruza el mar, se combate la angustia, se sublima el asentimiento gris y nace Sonidos y Voces de la diáspora Venezolana. Un documental que aflora al mundo como una obra maestra, un documento visual-sonoro con un noble sentido; rendir homenaje a la fertilidad musical, al retratar el acto creativo como un gozo ante la aniquilación y los estragos de un gobierno atróz.

Ante el dominio de lo corrupto y excesivo, sólo el acto creativo nos sostiene como un gran latido. Pablo Gil atraviesa con actitud este reto fílmico, no como un barco a la deriva, sino con el desenfreno de un poeta romántico. Luisa de la Ville  le acompaña en la dirección, en un viaje de anhelos. Se delinea un proyecto que es una metáfora de la esperanza, una celebración viva de la música y del talento venezolano en un pedazo del mundo (Estados Unidos).

La música es el refugio y el silencio la tensa superación de vivencias, las de todos y cada uno de los participantes de este hermoso film. Una conversación como la manera de compartir y expresar  el miedo pero a la vez, una explosión de emoción vibrante. 

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