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Caballo de fuego | Enriqueta Arvelo Larriva

Caballo de fuego

Me acerqué a candelas de bosques intensos
y una chispa leve en mí escondió el viento.

La chispa me dio caballo de fuego.
Lo colmé espontánea de forraje nuevo.

Corría en mis venas, se paraba en seco.
El desgaritado le llamó mi acento.

Le busqué mimosa y abracé su cuello
si a ajustarle iba el bozal más recio.

Tornábalo adusto fogoso deseo.
Lo herraba mi mano con su calor tierno.

¡Caballo encendido, le grité en secreto,
no te puse sueltas y yo gusté el freno!

El caballo un día salió por mi aliento
y volvió cansado del hueco paseo.

El sol le tiñó el pajonal seco,
más el perseguía lo que hierve fresco:

borlas de verdor después de febrero
con sol y garúa y quemado suelo.

Escarbaba fijo aquel casco terco.
Suave se movía mi almácigo eterno.

Vibro hoy sin sentirme jazmín ni lucero,
en el alma enhiesta un sabor terreno.

Libre del nevazo que sigue al incendio.
Disfrutando aroma sin daño de tedio.

A cálida hambre di forraje fresco.
Trepidante brío sembré de sosiego.

No muero en ceniza ni en dejado leño.
Y así me has tomado, amor de universo.

Destino

Un oscuro impulso incendió mis bosques
¿Quién me dejó sobre las cenizas?

Andaba el viento sin encuentros.
Emergían ecos mudos no sembrados.

Partieron el cielo pájaros sin nidos.
El último polvo nubló la frontera.

Inquieta y sumisa, me quedé en mi voz.

Sería la advenidiza

Señor, no me des ya la dicha.
No sabría manejarla
y con ella iría cohibida
como una nueva rica.

Déjame ir tranquila,
sin las cosas, fútiles para otros,
que fueran tempestades en mi vida.

No me des nada…
Pero déjame intuirlo todo.
Deja sin aherrojar mi sentir,
deja que lo glose mi voz.

No me hagas nueva rica de la ventura.
Sería la advenediza sin elegancia.
Ya no sé aprender nada
y no quiero perder
mi gracia y mi aplomo de desheredada.

Emoción y ventaja de la probada profundidad

Gracias a los que se fueron por la vereda oscura
moliendo las hojas tostadas.
A los que me dijeron: esperanos bajo ese árbol.
Gracias a los que se fueron a buscar fuego para sus cigarrillos
y me dejaron sola,
enredada en los soles pequeños de una sombra olorosa.
Gracias a los que se fueron a buscar agua para mi sed
y me dejaron ahí
bebiéndome el agua esencial de un mundo estremecido .
gracias a los que me dejaron escuchando un canto enselvado
y viendo soñolienta los troncos bordados de lianas marchitas.
Ahora voy indemne entre las gentes.

Toda la mañana ha hablado el viento

Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.

He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más finas rendijas.
Y soné largamente en los alambres.

Antes -¿recuerdas?-
pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías.

Exclamaciones para salmodiar el paisaje

No hay caballos para tirarles sillas de montar y piernas de llaneros.
Un sol sin pautas se tiende sobre huellas de inundaciones.

¿Dónde estará la bandera viva de los pastos?

Se maquillan los rostros para el final, frente a espejos verduscos.
Los ganados, marchan indefensos hacia paraderos minados
y prueban la pena de lamederos desabridos.
Están muertos los rieles soñados estampados en las distancias.
Los niños despiden suspiros seniles.
Los niños no aprenden los colores en sus vestidos.

¿Dónde estará la bandera viva de los pastos?
Un pájaro dobla una rama con su gran anuncio de canto. ¿Por qué?
Subiré a la empalizada borrosa
por ver si viene lentamente una brisa.


Enriqueta Arvelo Larriva. Barinitas (1886). Poeta, ensayista y escritora venezolana. Su poesía explora la condición humana y la naturaleza. Mantuvo contacto con figuras importantes de la poética universal, como Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Obras: Voz aislada (1939), El cristal nervioso (1941), Poemas de una pena (1942), Mandato del canto (1957), Poemas perseverantes (1960). Muere en Caracas en el año 1962.

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