Written by 10:35 am Fuego interno

Club House | Mario Morenza

En esa película un mafioso interpretado por Al Pacino le dice a otro mafioso interpretado por Joe Pesci: si alguien te saca un cuchillo, debes alejarte, correr, desaparecer, pero si alguien te saca un revólver, debes atacarlo sin titubear. Pensé en lo paradójico del asunto por varios días. Y sin duda tenía razón. Sin duda.

No fue hasta aquella tarde de febrero que puse en práctica los consejos de Al Pacino. Dos individuos, en una moto Honda, para nada mal vestidos ni mal hablados, me solicitaron que les entregara mi teléfono. No capté la gravedad de la situación hasta que uno de ellos me mostró un revólver. Pequeño, pero revólver al fin. Debes atacar, recordé, y con una agilidad inusitada en mis serenos movimientos de transeúnte, me saqué del bolsillo de la camisa un lápiz recién afilado que mi hija había olvidado en casa y se lo hundí justo en el tramo de la carótida.

El malandro soltó la pistola, o el revólver, no sé, su cachapelúa, como dicen por mi barrio. El sangrero no fue normal. Y empañó de rojo los retrovisores de la moto. El sujeto que conducía, al ver cómo su colega caía vencido en el asfalto, aceleró y giró la moto en sentido contrario al de esa avenida del centro de Caracas. Para su desgracia, el semáforo justo cambió a verde. Una camioneta no logró frenar a tiempo y raspó la rueda trasera de su Honda.

El motorizado se clavó contra el parachoques de un Corsa. Allí quedó, desarticulado y desnucado. Mientras, el otro individuo se retorcía frente a mí. Agitaba las manos, tosía, se ahogaba en su propia sangre. Intentó en vano arrancarse el lápiz que le había hundido hasta la g de Mongol.

Desde entonces, desarrollé una debilidad por tomar desprevenido a los asaltantes. Ninguno se imagina, ninguno remotamente espera, que una supuesta y potencial víctima, en un arrojo de valentía, responda de manera letal. Y los deshaga, en medio de la acera en la que decidieron perturbarle la tranquilidad.

Aquella tarde nadie se percató de que había tomado el arma del malandro agonizante. Este la había dejado caer no muy lejos. O quizá sí me vieron, pero quién sabe si se hicieron los desentendidos, o se hicieron los locos, como dicen por mi barrio. A nadie le gusta perder una mañana entera para asistir como testigo a un procedimiento de esos, que suelen ser engorrosos, inútiles.

A esa arma aún le quedaban seis balas. Entendí cómo usarla sin desperdiciar ni un solo proyectil gracias a un tutorial que vi en la deep web, espacio al que accedí con la ayuda de mi sobrina que por aquellos días nos visitaba a Mariana y a mí y cuidaba de Luisa Andreína, nuestra bella hija.

Mi sobrina es hacker y sabe de estas cosas, incluso sabe cómo borrar estas búsquedas que están mal vistas por los gendarmes de la ley. Vaya a saber por qué. Le di cualquier excusa. La típica del colega vigilante que me pregunta cómo resolver tal o cual cosa. Así supe que mi arma se trataba de una pistola de bolsillo, modelo Baby Browning .25 acp, de fabricación belga, y que ha circulado en el mercado mundial bajo distintos diseños desde hace ya unos cien años.

Por meses, quise volver a experimentar la sensación de vengar a la sociedad, de echarme al pico a cualquiera de estos malandros inescrupulosos con mi Baby Brownie, empecé a llamarla así.

La oportunidad se me presentó hacia mediados de año y después de varias semanas de recorrer a altas horas de la noche la Francisco de Miranda, una concurrida avenida adyacente al estacionamiento donde trabajaba, pero que a partir de las diez de la noche no pasaba absolutamente nadie. O sí. Sí que estaba transitada. Indigentes, prostitutas y niños de la calle. Despojos humanos. Uno de estos niños se atrevió a pedirme dinero. Lo espanté despectivamente. Se me acercó y, simulando una ferocidad de la que notablemente carecía, me amenazó con apuñalarme. Cuando lo escuché balbucear a mis espaldas, sin vacilaciones, me giré y saqué mi Baby Brownie.

Le apunté al medio de los ojos.

Aquel pobre niño batió tres récords mundiales de pista y campo con la carrera que se mandó.

Unos días después, luego de andar y desandar esas calles y con vagas intenciones de regresarme a la caseta de vigilancia del estacionamiento, finalmente llegó mi primera víctima.

El anuncio de Imgeve iluminaba el charco al que me lanzó cuando surgió de la oscuridad. El pobre imbécil estaba tan bien armado como el niño malandrín. Con mi uniforme de vigilante empapado, antes de ponerme de pie, alcé mis manos en señal universal de rendición. Me preguntó si tenía dólares. Puse cara de no entender. Insistió. Le dije que no ganaba en dólares, que apenas tenía doscientos bolos en la cuenta. Dame el celular. Se lo entregué, pero apenas lo tomó, saqué mi Baby Brownie. Lo accioné.

El proyectil le abrió un hueco enorme en la oreja, le atravesó la cabeza y salió por la sien. La vitrina de Imgeve se astilló como una telaraña infinita. Y yo sentí un furor desmedido que explotaba y me encendía. Una llama excesiva fluyó por mis venas.

Al instante tomé mi celular, porque si lo encontraban allí, tan cerca del cadáver, probablemente no iban a demorarse en dar conmigo. Al fin y al cabo, me estaba defendiendo, y por añadidura defendía a la sociedad entera de estos delincuentes de medio pelo.

Cuando regresé a mi caseta, le dije a mi compañero que había escuchado unas detonaciones. Él me observó despreocupado y preguntó si quería un poco de café.

A la mañana siguiente, al llegar a casa, mi mujer me esperaba con el desayuno listo. La niña se había ido al colegio. Nuestra sobrina al fin había conseguido un cupo en la universidad para estudiar Informática y viviría con nosotros hasta que pudiera costearse una residencia. Le metí un mordisco a la arepa con mantequilla y requesón y esta ya se había enfriado, tal como lo estaba nuestra relación hasta aquel día. Sin terminar de masticar del todo aquel bocado, le rasgué a mi mujer la percudida y vieja bata que llevaba puesta, y me la cogí hasta decir basta. Teníamos unos cuantos meses de nada de nada. Parte por el estrés de la economía. Nada de nada. Parte por las mil cosas que debíamos hacer diariamente, tantas que se nos sofocaba el deseo.

Mariana quedó noqueada. Que ni cuando empezábamos a salir, me dijo. Y yo le respondí. Por Dios, Mariana, tú y yo nunca salimos. Tirábamos de vez en cuando. Nunca cine, nunca café, nunca paseos por Los Próceres. Solo me visitabas y casi sin hablar, tirábamos y con la misma te ibas. Hasta que decidiste dejar a tu noviecito sifrino y venirte a vivir conmigo.

Para la cena preparé unos Club House. Inmensos Club House. Con jamón ahumado y salsa barbecue. Para mi mujer, mi sobrina, mi pequeña hija y otro también para mí. Nos dimos un banquete mientras el noticiero de las ocho informaba sobre los sucesos del día. Lo mismo de siempre. Protestas infructuosas. Secuestros. Terremotos en países asiáticos. Inundaciones en Centroamérica. Y tres asesinatos en la ciudad durante la noche y la madrugada. Un taxista en la Nueva Granada amordazado y asfixiado. Un apuñalado sin identificar en la plaza Bolívar. Un individuo de treinta años ultimado con un impacto de bala en el rostro en la avenida Francisco de Miranda. Albañil. Cuatro hijos. Eso dijo el locutor haciendo una impostada mueca de lamento.

La segunda noche fue espectacular. No muy distinta a la primera, pero esta vez le había instalado un silenciador a mi juguete para no hacer tanto escándalo. Por años fui ludópata y aquello de suerte de principiantes es ley natural. Aunque en realidad ya llevaba dos muertos más encima, era cierto que apenas había matado con mi Baby Brownie una sola vez en mi vida, por lo que consideraba aquella noche como una primera mano de póker. En todo caso, lo que no debía pasar por alto es que ahora me tenía que andar con cuidado y apenas escuché el sonido de una moto de alta cilindrada acercarse y el típico quieto, me giré con mi cara de pendejo. Le entregué una cartera con dólares falsos que en la madrugada no se distinguían y un teléfono inservible que dos años atrás se me había caído en el inodoro y por alguna razón conservaba. Cuando el tipo retomó el volante para arrancar y perderse del mapa, apunté con mi Baby Brownie y le atiné un buen tiro en la espalda.

La moto siguió andando con él aún en el asiento, chocó contra la valla de seguridad y el malandrín se precipitó hacia la avenida Libertador, a unos cinco metros por debajo de la Francisco de Miranda. Algún auto a aquella hora de la noche debió haberlo rematado.

Me demoré un par de minutos en llegar al estacionamiento y le pregunté a mi nuevo compañero nocturno si no había escuchado gritos o choques. Este me aseguró que no había oído nada de nada, ni choques ni gritos. Con los típicos ademanes de los nuevos ingresos para ganar puntos con el vigilante de mayor experiencia, preparó una buena ración de café que rendiría por el resto de la jornada. Aquí trabaja pura gente sorda, me dije. Mejor para mí.

Bebimos café hasta el amanecer.

Después de tres meses de aquellos Club House, volví a preparar otros para la cena de la noche siguiente, ya que libraba cuarenta y ocho horas.

Esa misma noche mi mujer me confirmó una noticia que me llenó de júbilo. Dentro de seis meses nuestra hija tendría un hermanito. Hicimos el amor de nuevo, serenamente, como si le hubiera instalado un silenciador a mi mujer para que sus gemidos no se escucharan.

Ahora tenía que trabajar el doble. De eso no cabía duda. Pero para nada era ningún inconveniente. Solicité más horas nocturnas a la gerencia del estacionamiento. Recién otro compañero se había ido para Colombia y apenas avisó cuando ya cruzaba la frontera de Maicao. Me dieron sus turnos.

El tercer delincuente al que le di su merecido no tenía ni dieciocho años. Lo comprobé al día siguiente al revisar las redes sociales. Esto me descompuso un poco. Fui a la iglesia varias tardes consecutivas cuando terminaba mi turno vespertino. Alivié un poco mi culpa cuando repentinamente pensé que, si ese ser seguía jodiendo a diestra y siniestra, sí que iba a darle chuleta, como dicen en mi barrio, a unos cuantos ciudadanos inocentes.

Del cuarto ni me acuerdo, fue todo muy rápido. Ya me estoy acostumbrando, me dije, como me acostumbré hace años a mi trabajo de vigilante. Ni siquiera me preocupé por buscar las noticias en Google o Twitter, porque ya en la televisión habían dejado de difundir este tipo de noticias. Había comenzado el mundial de fútbol y a nadie le interesaba otra cosa que no fuera fútbol, pan o circo. En mis primeros tiempos como vigilante desde la caseta me la pasaba saludando a todos los vecinos que llegaban al edificio. En las primeras jornadas recordaba quiénes eran. Cómo se llamaban. A qué se dedicaban. Cuál era su equipo de beisbol preferido y bromeaba con ellos sobre lo mal que estaban jugando. La chica buenota del Fiat. El rufián militarcito de la Hummer. La doña del Yaris emperifollada y follada por su amante el portugués del abasto. Pero ahora ni los identifico. Siguen de largo y me aburre saludarlos. Sí, buenas noches, buenas noches, pase adelante.

Del quinto escribieron algo absurdo. Que le habían propinado diez balazos. Un agitado enfrentamiento entre bandas dejó cuatro muertos y trece heridos. En qué andarán estos pacos, me dije. Apenas le di un disparo certero en la frente, el cual garantizaba muerte instantánea, como había leído en la deep web. Antes de experimentar cualquier atisbo de dolor, su conciencia transitaría las aduanas del más allá.

Finalmente me quedaba el sexto. Pero este no llegaba. Salía por las noches a caminar pese a las advertencias de mis compañeros. Severo, hermano, no andes por ahí, mira que ahora se la pasan pegando quietos.

Me daba igual lo que pensaran. Salía a dar mis recorridos durante los recesos nocturnos y estaba convencido de que, con el sexto, mi carrera como justiciero anónimo de la cuadra llegaría a su fin.

Pero el sexto victimario, que sería mi víctima, no se presentaba.

Cuando a mi hija le restaba un mes para venir al mundo fue que decidimos su nombre. Mi hija se llamará Julieta, había dicho mi mujer. Se llamará Daviana, había dicho yo. Lo lanzamos a suerte y terminará llamándose Julieta Daviana. Mi sobrina será la madrina.

Cuando ya faltaba un par de semanas para el nacimiento de Julieta Daviana, decidí no dar más paseos nocturnos ni vespertinos. Pasaba las tardes viendo las retransmisiones del beisbol, jugando uno que otro parley, respondiendo con desgano buenas noches a las buenas noches de la gente que entraba, aparcaba y salía del estacionamiento.

Un martes hacia las seis de la tarde, una brigada de PoliChacao llegó al estacionamiento. Varios policías solicitaron hablar conmigo. En ese momento veía la repetición de un juego de la Serie Mundial.

Me dijeron, párese. Y me paré. Sí, buenas noches, en qué puedo ayudarles.

Los policías frente a mi caseta se desplegaron como unas cortinas y, abriéndose paso entre ellos, apareció ante mí un sujeto en silla de ruedas vestido de uniforme policial. En su pecho brillaban varias condecoraciones. Me observó con una mirada que pudiera definir entre la rabia y la frustración de estar atornillado a una silla de ruedas sin la posibilidad de llevar sus manos a mi cuello, retorcerlo, astillarme los huesos, la tráquea, reventar mis cartílagos hasta que la lengua aflorara como un helecho y dejar mi cuerpo tendido, a la espera de una inútil autopsia.

Fue él, dijo con la voz muy ronca y la respiración muy asmática. Sí, fue él, insistió, con ese tono convencido que usamos para hacer saber que ya un plato está en su punto y no requiere más cocción. Fue él quien me disparó para robarme la moto.

Detallándolo bien se trataba de un tipo de mi edad. Una bomba de oxígeno estaba incorporada a la silla de ruedas. Le faltaba una pierna, media oreja, y el lado izquierdo de su cuero cabelludo estaba bruñido por cicatrices.

Ves, que nunca se escapa ninguno de estos peluches, dijo uno de los policías.

¿No te acuerdas de él?, dijo otro que parecía ser el jefe. ¿No te acuerdas de él? Que le disparaste por la espalda, cobarde. Tráiganlo, terminas de escuchar tu jueguito con nosotros en la radio de la patrulla.

Me esposaron, me llevaron con ellos y ninguno de mis compañeros hizo ni dijo nada. De hecho, supongo que no sabían qué hacer ni qué decir. Yo tampoco hubiera hecho ni dicho nada. Le eché un vistazo a la bolsa que había dejado sobre el escritorio con un paquete de sanguches y salsas para el Club House del día siguiente.

Como te decía, el celular que le decomisó Darwin estaba dañado, dijo uno de los pacos, y el peluche este jamás desactivó la línea. Si Darwin no hubiera estado en coma tanto tiempo desde cuándo no hubiéramos resuelto esto, dijo el otro. Al escucharlos, recordé mis años de apuestas. Observé la empuñadura de una pistola sujeta al cinto de uno de los policías. De tomarla qué harían, me pregunté. ¿Huirían o me atacarían?


Mario Morenza. Caracas (1982). Escritor. Licenciado en Letras y profesor en la Universidad Central de Venezuela, donde imparte clases de postgrado sobre cuento y novela venezolanas y mantiene su taller de escritura creativa Mares de Narrativa. Obras: ha publicado la novela El plano inferior y los cuentarios Pasillos de mi memoria ajena y La senda de los diálogos perdidos. Ganó el primer lugar de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional. Relatos de su autoría figuran en numerosas antologías y compilaciones como El adiós de Telémaco (2024), Nuestros más cercanos parientes (2016) y Antología de la novísima narrativa breve hispanoamericana (2009). Actualmente tiene una columna para Papel Literario titulada El vuelo detenido, sobre misceláneas y narrativa hispanoamericana.

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