El Parador quedaba en Manuel Antonio, en la costa del Pacífico. Las habitaciones en hoteles de lujo le salían baratas, algunas gratuitas por los intercambios comerciales
de su trabajo. Sabía de los sitios que valían la pena, puesto que tenía su pequeña agencia de viajes, Nubes y Tierra, en alusión a su lema personal y a los medios de transporte ofrecidos en su negocio: autos, trenes y aviones, dado que los cruceros le daban náuseas y claustrofobia. Se alojó en la habitación Súper Premium 423. Para llegar a ella había que tomar un pequeño funicular de rieles enclavado sobre una estructura rocosa y marcar un código reservado a los huéspedes de tan exclusiva área del hotel. Tenía un balcón que le permitía ver de un lado la selva, las montañas que acariciaban una pequeña bahía y, por el otro, el Océano Pacífico, como un gigante apacible. Encontró una cesta de frutas y flores de bienvenida, similar a la que recibió en su luna de miel cuando llegó a República Dominicana, lugar donde estrenó su relación de casado con un dengue que lo dejó tumbado bajo el calor del paraíso, recluido dentro de una elegante choza; presagio iniciático de lo que sería su relación con Dora, mientras ella, toda saludable e hiperquinética, lo dejaba solo para ir a tomar el sol, practicar aerobics en la piscina y montar a caballo. Se preguntaba si las frutas en los hoteles abrían y cerraban ciclos, y si acaso ahora las enviaban a las habitaciones para divorciados.

Aunque por ahora había delegado todo en Félix, ignoraba el hecho de que este le había advertido que había asuntos indelegables, creía ya tener dicho estado civil: divorciado. La separación era lo más conveniente en cierto punto de una relación deteriorada pero no era, sin embargo, motivo para celebrarlo con una cesta de frutas y flores. Luego cayó en la cuenta de su asociación de pensamientos prejuiciado. En el hotel no sabían nada de su situación conyugal, ni tampoco les interesaría. Apartó las flores y sacó una banana de la cesta al mismo tiempo que se echó sobre la cama. Se colocó las manos entrecruzadas debajo de la cabeza y se quedó mirando al techo. Convencido de que su proceso de sanación debía seguir una secuencia lógica, estaba dispuesto solo a establecer amistades. Si se precipitaba, podría caer en las fauces de una nueva Dora. Y no se trataba de que tuviese una visión sesgada de las mujeres, como si todas fuesen malintencionadas, al contrario: era completamente proclive a la igualdad de derechos entre los sexos, pero por la debilidad de su carácter reconocía que, si llegaba a entablar una relación indeseada, le costaría un mundo zafarse de ella. Por lo tanto, prefería recobrar su libertad, dejar que las nubes regresaran al lugar que les correspondía, como reza su lema de vida. Estaba decidido, en ese viaje de curación del espíritu, a encontrarse consigo mismo, lograr de nuevo el equilibrio, como cuando se abandona una cárcel de máxima seguridad.
Esa noche cenó en el restaurante del hotel acompañado de una brisa fresca y de media botella de vino tinto. Era la época del verano costarricense y tenía la seguridad de contar con buen clima, a pesar de que la intensidad del viento ya le empezaba a molestar, como una tediosa fuente de irritación que no se notaba al principio: “se esperan fuertes ráfagas de vientos, propias de la estación seca, en gran parte del territorio nacional”. Las lluvias se detenían en el verano, aquellas que, durante ocho incesantes meses mojaban al país casi todas las tardes, con precisión matemática, como si Dios pulsara un botón antes de tomar una larga siesta. Ahora no llovía, hacía sol y la brisa era fuerte.
¿Es usted alérgico a algún alimento?, le preguntó un mesonero luego de ordenar. A Dora, le respondió en silencio. Durante la cena lo incomodó el sonido de las toses. Los huéspedes extranjeros tenían un promedio de edad de unos setenta años, según sus cálculos, y parecían competir en un torneo de toses en distintas intensidades y gradaciones. Había también un grupo de gringos pescadores cincuentones, gordos y seguros de sí mismos, como si la verdad del mundo estuviese atrapada en capturar un pobre pez indefenso ante un anzuelo asesino, con sus pieles encendidas y sus carcajadas de triunfo, de qué bien la estamos pasando. Portaban una camiseta alusiva a un torneo de pesca con el dibujo de un gran pez aguja. Se veía también una que otra pareja joven en medio del romántico escenario de toses y pescadores.
Al terminar la cena caminó hacia unos acantilados donde se oía el sonido de las olas arremeter con soltura contra las rocas ancladas en la orilla. Se topó con una mesa de billar y jugó a solas. Deambuló por las instalaciones y luego se retiró al cuarto. Sentado en una silla de extensión en el balcón, se quedó hipnotizado por la abundancia de estrellas y, por primera vez en su vida, pudo darse cuenta de que la visión de estos objetos astronómicos que brillan con luz propia descendía en forma cóncava en el horizonte, lo que probaba, por simple lógica, que la tierra era redonda. Si fuese plana, las estrellas estarían estampadas horizontalmente como en el techo del cuarto que tuvo en casa de sus padres. Le vino a la mente el instante de la creación del universo. Creía en Dios pero a la vez en la evolución de las especies, algo tal vez propio de su carácter: no pronunciarse radicalmente ni por una cosa ni por la otra. Esta forma de ser o de pensar era característica de su personalidad. Tenía la convicción de que se trataba de un acto de humildad el no creerse poseedor de la verdad y que más bien dudar era una señal de inteligencia. Aunque esa misma duda a veces se convertía en una fuente de sufrimiento, tanto en los actos de la vida cotidiana como en algunas decisiones trascendentes. Detestaba romper los equilibrios, causar conflictos. Sacó la ropa de la maleta y la colocó de manera ordenada en las gavetas. Vació el sobre con café Britt y programó la cafetera a las 5:00 h, al unísono con la alarma de su reloj, para no perder la costumbre de ver el amanecer.

A la mañana siguiente, con una taza de café recién colado, se asomó al balcón de la habitación 423, una de las pocas del hotel –enclavado en medio de la jungla y la playa– que permitía dominar distintos ángulos de vista del paisaje. Se preguntaba cómo a él, que estaba solo, le habían podido dar lo que parecía una de las mejores habitaciones, además de lo económica que le salió por su relación con la empresa mayorista. El Parador estaba tan del lado del Pacífico, tan al oeste, que el amanecer era una presencia discreta, como si Dios, en su rutina universal, durante la transición de la noche al día, no permitiera el surgimiento de colores definidos y se impusiera un súbito golpe suave de luz. El cielo se mostraba de un azul tenue y todavía brillaban algunas estrellas. Haber escapado de la pesadilla de Dora, como quien pone un pie fuera de un mal sueño, lo hizo sentir eufórico. Y pensaba que si colocaba la mano derecha sobre la frente, como hacen los marineros, podría alcanzar a ver algún barco en medio del mar. ¡Buenos días, Pacífico! Estaba erguido como un soñador, cuando oyó un fuerte rugido. El movimiento con la taza de café hizo que se rebosara el líquido caliente y le cayera sobre el pie. Soltó un corto grito, cerró la puerta del balcón y se quedó inmóvil en la cama. Leyó un rato con desgano una obra de autoayuda relativa al divorcio que se había traído pero cuyo título no podía fijar, quizás porque los libros que trataban dicho tema se parecían mucho entre ellos. También había adquirido en una tienda del aeropuerto Juan Santamaría, antes de tomar el taxi, uno más bien de corte histórico: Biografía de Costa Rica, que empezó a leer en ese momento, luego de apartar el aburrido libro sobre cómo ser feliz en la transición. De inmediato cautivó su interés. El autor se llamaba Eugenio Rodríguez Vega. Le había causado mucho interés la nota de contraportada: “Es un libro de historia deliberadamente escrito para el lector común… Este libro ha tenido una singular acogida entre los jóvenes y extranjeros que quieren entender a Costa Rica”, y que devoraría a partir de ese momento. De la misma forma, le pareció curioso que en la tienda estuviera a la venta otro libro llamado How to Buy Costa Rica Real Estate Without Loosing Your Camisa de Scott Oliver, o dicho de otra manera: Cómo invertir en bienes raíces en Costa Rica sin quedar en la carraplana. El título lo perturbó varios segundos mientras su mente quedaba abstraída por hipótesis. Lo inquietó porque, suponiendo el carácter amable y cordial de sus habitantes, de quienes siempre había oído hablar solo cosas buenas, una nación de longeva tradición democrática, sin ejército, con políticas sociales que funcionaban y con un supuesto marco legal que estimulaba a la inversión extranjera, ¿cómo era posible pensar que se podía perder hasta la camisa al invertir en Costa Rica?; como si se tratara de un hecho común o reconocido que las personas pudieran ser víctimas de engaños y estafas al punto de arruinarse. ¿Qué le pasa a este gringo?, pensó. Recordó haber visto en el camino hacia Manuel Antonio una propiedad con un letrero que decía: “Este lote no se vende ni se alquila”, seguido de un número de contacto. ¿Por qué colocar un letrero afirmando que una propiedad no se vende? Que el libro sobre cómo evitar perder la camisa al invertir en bienes raíces se vendiera en la vitrina del país, el aeropuerto, resultaba extraño. Encendió el televisor a la hora de inicio del primer noticiero del canal 7, Teletica, luego de escuchar las notas del himno nacional: “… Bajo el límpido azul de tu cielo. ¡Vivan siempre el trabajo y la paz!…”. Le gustó aquel trencito ingenuo que daba los buenos días. Se había informado de que el buffet comenzaba a las seis de la mañana. Cerró la habitación y descendió por el funicular. Luego atravesó el área de la piscina donde había un enorme cocodrilo de mentira con sus fauces abiertas y al fondo se veían unos enormes peñascos sembrados en el mar. Durante el desayuno indagó sobre los rugidos. Los mesoneros le preguntaron que cuándo había llegado a Costa Rica. –Ayer –respondió. Había omitido el detalle, cuando planificó el viaje por las ansias de escapar de Dora y por lo concentrado en las lecturas de historia, de que uno de los atractivos más conocidos de Manuel Antonio –aparte de los atardeceres– era la presencia de los monos. Le comentaron que existían cuatro especies: el carablanca, el rojo o capuchino, el tití o mono ardilla y el congo, este último rugía como un león. Reconoció algunas caras de la noche anterior y, al terminar de comer huevos y gallo pinto, se dispuso a regresar a la habitación.

En el trayecto se percató de un pequeño letrero –junto a otras señalizaciones del hotel– que decía Monkey Trail. Cerca de allí había otro gran cartel que explicaba en detalle la ruta para explorar el Sendero del mono en la jungla. Entró sin pensarlo. Había dado solo pocos pasos cuando se encontró con un congo, justo encima, que se desplazaba con una seguridad, firmeza y soltura que envidaba. ¿Por qué yo no puedo ser así?, se preguntó.El mono tenía una pelambre entre negra, marrón oscura y rojiza, con una cola larga. Oía también al fondo el aullido de otros congos que emitían ese bramido, rugido, ruido, voz portentosa, onda sonora, llamado de la jungla.
No se movió hasta que el congo se desplazó hacia otro lugar, en dirección al resto de los llamados primates, que ya se disipaban a medida que corrían los minutos de la mañana y se hacía más clara la presencia de la luz. Prosiguió por los senderos, subidas y bajadas, pequeños puentes de bambú. Observó las raíces de los árboles brotadas en distintas direcciones y que, en algunos tramos, formaban escalones naturales. Pudo ver, a lo lejos, siguiendo el trazado de una quebrada, un grupo de caras blancas que se movían de un lado al otro. Entendió que la clave para descubrir a los monos era el movimiento de las ramas de los árboles. Pero debía también prestar atención al suelo, como decían los letreros de advertencia: el camino era irregular y se imaginaba que en plena selva podía tranquilamente cruzársele alguna culebra, lo que asoció de inmediato con Dora. Sin embargo, se sentía protegido por la distancia, por la naturaleza, inmune a sus hechizos y maldiciones.
Luego se acercó a un columpio verde de aspecto industrial, colocado allí como una suerte de mirador. Empezó a moverlo hacia adelante y hacia atrás, hasta quedar absorto en sus pensamientos, como si no estuviera allí, o más bien: no debía estar pensando en nada porque se había olvidado de que él existía, solo estaba el ir y venir del columpio, como si tal aparato recreativo fuese un instrumento facilitador hacia un estado meditativo. Al fondo se oía el sonido del mar golpear más fuerte y, con intervalos, los rugidos de los congos cada vez más distantes. En ese momento se conectó con una fuerza superior más allá del control de sus pensamientos. Estaba ausente y sin embargo su pierna actuaba como un propulsor. Iba y venía como el aire que inhalaba –columpio hacia atrás– y exhalaba –columpio hacia adelante–, la vista fija sobre la vegetación que cubría el peñasco semejante a un manto decorativo.
Al ingresar al Sendero del mono en la jungla tenía la impresión de haber entrado en una brecha. Desde pequeño había estado obsesionado por las cuestiones del origen de la vida. A Olga la tenía loca con las preguntas:
Mami: ¿cómo es que Dios nos creó?
Mami: ¿cuándo nació la primera persona?
Mami: ¿por qué tenemos que morir?
Mami: ¿qué pasa con el alma cuando nos morimos?
Mami: ¿por qué nos parecemos tanto a los monos?

Pedro Plaza Salvati. Nació en Caracas, Venezuela. Graduado en Estudios Internacionales en The American University en Washington D.C. Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Autor de las novelas: Broadway-Lafayette: el último andén (2019); El hombre azul (2016); de los libros de crónica La vida interrumpida. Crónicas de un regreso a Caracas (2025) y Lo que me dijo Joan Didion.Crónicas de Nueva York (2017) (XVI Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana-Venezuela); así como el libro de cuentos Decepción de altura (2013). Reside en Barcelona, España.







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