Recuerdo la primera vez que la vi. Estaba arropado hasta el cuello y la silueta se apostaba en la ventana de mi cuarto, a medio cuerpo, quieta. No podía ver sus ojos, no sabía si se hallaba de frente o de espaldas, pero tuve la seguridad de que estaba ahí por mí.
Luego fue aquel sueño. No sé si es de esa misma noche o de unas noches después. Soñé que salía de mi casa y caminaba entre máscaras (cabezas) de diablos danzantes de Yare, pero al mismo tiempo esas cabezas (esas máscaras) eran mi propia cabeza, multiplicada y enterrada en el barro, con la frente alzada, mirándome. Yo caminaba entre ellas, con cuidado de no aplastarlas, y también, lo recuerdo claramente, de no pisar cerca de sus bocas, pues mis cabezas/máscaras de diablos de Yare estaban allí para caerme a dentelladas. Una incluso logró hacerlo. Me arrancó un trozo de talón, pero la herida no sangraba y no era siquiera herida; en su lugar había quedado un espacio, un recorte que me hizo pensar en una pieza de rompecabezas, en la ausencia, digamos, de una pieza de rompecabezas.
También estuvo lo de la puerta de mi clóset. Se abría de par en par casi todas las noches, justo antes de irme a dormir. Poco después vino lo de los golpecitos a mi puerta, en la madrugada. Me despertaba a eso de las dos y media, como si una voz me susurrase que había llegado la fabulosa hora de los golpecitos. Cuatro, cinco llamados suaves.

Los sueños raros continuaron. Aunque en realidad era siempre el mismo con ligeras variantes. Yo dejaba la puerta abierta y la silueta entraba y se mostraba en su nitidez de máscara de Yare, pero pegada al rostro, ya de carne, de hueso. En otras ocasiones, la silueta era yo mismo, con el cuello roto, la cabeza demasiado caída hacia un lado.
Mis padres me llevaron a especialistas y, entrada la adolescencia, el miedo cesó, un poco gracias a las terapias, no voy a negarlo, pero no por completo. Digamos que los médicos me facilitaron el contraste que me llevó a adoptar mi propia visión con respecto a la silueta. Ellos insistían en negar su existencia, trataban de convencerme de que algo estaba mal en mi cabeza; yo, en cambio, me situé en el extremo contrario y ahí la mejora fue notable. Es decir, yo asumí que la silueta era real, un ente… una persona, al fin y al cabo. La silueta, me dije, quería compartir conmigo, estar en mi vida (más adelante esta idea se modificó o más bien se clarificó, pero no nos adelantemos). Así que empecé a dejar que anduviera junto a mí. Por eso he precisado que lo que cesó fue el miedo, porque la presencia de la silueta, por el contrario, se hizo aún más constante.
Así, por ejemplo, cuando iba a la escuela, la veía con frecuencia a la distancia, sobre todo caminando entre los árboles, o ya en clases, desde el ventanal del salón, en el estacionamiento, entre los carros del fondo o junto a una mata. También, cuando iba al cine con mis amigos, si la sala no estaba llena, la adivinaba ocupando un puesto; o si estaba completa, la descubría en una esquina, de pie, mirando la película. Por lo general nunca apareció mientras estuviera estudiando, o cuando mis papás me retaban por algo inadecuado que había hecho. Sí estuvo en cada ocasión íntima con mis novias; eso me molestaba, pero no podía hacer mayor cosa, yo le había dejado la puerta abierta, ¿me explico?
Como había notado, eso sí, que la silueta nunca se había venido a los viajes con mis padres fuera de la ciudad, comencé a hacer lo mismo con mis novias. Cada vez que me hartaba de su presencia, me llevaba a mis parejas a la playa, a otra ciudad, y ahí sí que disfrutaba de la más absoluta privacidad.

De modo que había descubierto que la silueta no podía salir de la ciudad, y aquello me sirvió de mucho, sobre todo, ya lo he contado, cuando fui un joven independiente y pude viajar con mis novias. De esas escapatorias, ha de acotarse, no salía ileso. Cuando lo hacía, la silueta se molestaba. A mi regreso se me volvía a aparecer en pesadillas con su cara de yo mismo con el cuello roto o con su rostro de máscara de diablo de Yare. También le daba por abrir de par en par y lentamente el clóset y machacaba con los golpecitos a la puerta e incluso a las paredes de mi cuarto. Pero al cabo de unos días se le pasaba y volvía a aparecerse y a acompañarme a todos lados. Yo incluso la complacía y me llevaba a la novia de turno a la cama y le daba un buen show… sí, ni modo, había que contentar a la silueta con algo.
Aún vivía en mi casa cuando decidí irme del país. Es decir, era un (recién) graduado universitario de veintiún años cuando terminé por aceptar, como muchos de mi edad, que el barco se iba a pique al interior de un remolino negro y que, si no actuaba cuanto antes, me arrastraría hasta un punto de no retorno. De modo que se lo comuniqué a mis padres, y ellos, que ya se consideraban insalvables, estuvieron aliviados con la noticia de mi partida. Me iría a Argentina, allá tenía unos amigos. Me quedaría, para empezar, en su apartamento, trabajaría en cualquier cosa y después ya vería. También lo hablé con Mariana, llevaba con ella un par de años y la relación había sido bastante seria. Mariana lloró, pataleó, pero al final acordamos que también viajaría en seis meses o un año. Esperaría a que yo me estableciera un poco y se iría a vivir conmigo. Nos amábamos, y el amor lo podía todo.
Empecé a hacer los preparativos. Me tomaría unos meses hacer el papeleo, en especial el de las apostillas de las notas de la universidad y el título. No obstante, todo cambió cuando, yendo una noche de paseo por Las Mercedes en el carro de mi amigo Alfredo, nos tiraron una parada y, a punta de pistola, se nos metieron en el carro. Fueron tres tipos, estaban muy drogados y actuaban de forma violenta. A Alfredo lo dejaron al volante (con un maleante al lado, apuntándolo) y a mí me metieron en el asiento trasero, en el medio de los otros dos.
Nos obligaron a sacar dinero de unos cajeros. No contentos con eso, nos hicieron comprarle en una licorería botellas de ron, vodka y hasta de whisky. Al cabo le ordenaron a Alfredo que saliéramos de la ciudad rumbo a Guarenas. Por aquellos lados paramos sobre un hombrillo y nos metieron monte adentro. Nos mandaron a poner de rodillas. Bebían, se metían de todo por las narices y nos amenazaban con dejarnos un pepazo en la frente a cada uno. Alfredo y yo rogamos, lloramos, nos desesperamos. Aquellos tres malandros rieron a carcajadas, nos llamaron maricas y finalmente se largaron. Allí, en la oscuridad de la noche, bajo el mudo testimonio de las estrellas, vi a la silueta, un poco más allá, inmóvil, observándome. Recuerdo que pensé (hoy me digo que me equivocaba) que aquel espectro acosador no era más que una sombra triste e inepta que tan sólo sabía darle golpecitos a las puertas y aparecerse en sueños haciendo una representación patética y para nada horrífica de mi propio rostro.
Decidí irme tan pronto comprara el pasaje. Las apostillas, las despedidas de los amigos, Mariana y los familiares, nada de eso tenía ya importancia; necesitaba irme cuanto antes. Hablé con mis amigos en Buenos Aires, les conté lo ocurrido y me dijeron que podía ir con ellos cuando quisiera. Era jueves, conseguí pasaje para el domingo. El vuelo saldría a las cuatro de la tarde.

Esa noche, alrededor de las dos, desperté en mi cama y, al mirar al frente, descubrí a la silueta. Tenía mi rostro y, como siempre, la cabeza hacia un lado, exageradamente doblada, el cuello roto. Me dieron ganas de reírme a carcajadas. En serio, le había perdido todo respeto a esa cosa estúpida (cuán estúpido fui al pensarla estúpida) que me acompañaba desde pequeño. «¡Maldita silueta!», le grité en mi cabeza. «¿Por qué anoche no hiciste una vaina así? ¿Por qué anoche no le diste el susto de sus vidas a los malandros que nos secuestraron?». Yo no había llegado a reír, pero la silueta lo hizo por mí; se carcajeó con todas sus ganas por unos largos segundos y luego se sentó al borde de la cama, mirándome.
No sé si me habló dentro de mi cabeza, como yo había pretendido hacer con ella, pero en ese instante comprendí todo. Comprendí por qué no me había socorrido durante el secuestro exprés y por qué estaba ahora frente a mí, mostrándose con una claridad y un descaro hasta ahora inusitados. Había dejado de ser una silueta para convertirse en un cuerpo casi real, y digo «casi real», porque, aunque su materia parecía ser la carne y el hueso, le faltaban piezas, piezas como de rompecabezas, aquí y allá, en los brazos y en la cara un par (en la frente y en la mejilla izquierda). Por supuesto, aquel aspecto suyo incompleto podía hacerme pensar que estaba aún dormido, pero no, yo seguía teniendo la absoluta certeza de que había despertado y de que aquel cuerpo con piezas faltantes era en el mundo tal y como se me estaba mostrando.
—No soy yo el que va a quedarse —me dijo, y sus manos se me vinieron encima.
Cuando volví en mí me encontré colgado en el interior del clóset de mi cuarto, con el cuello roto. Podía verme desde afuera y a la vez también divisaba los alrededores del cuarto, pues las puertas del clóset estaban abiertas de par en par.
Era extraño verme dentro del clóset, porque el clóset no tenía un lugar para sujetar arriba una soga, pero tampoco la altura necesaria como para contener mi cuerpo suspendido de manera vertical. No obstante, me encontraba allí colgado.
Noté que mis pantalones y camisas no estaban, y no estaban porque yo los había sacado la noche anterior y las había metido en un par de maletas. Tampoco mis zapatos, que también iban en un bolso.
Luego de una eternidad a oscuras, la luz del sol se asomó al cuarto y fue desplazándose sobre el piso durante lo que supongo fueron unas dos horas. Luego mamá entró y se quedó parada en medio del cuarto, contemplando el espacio. Miró incluso hacia la puerta, que permanecía abierta, pero no me vio. No me vio colgado.
¿Por qué mamá no lograba verme? ¿Por qué no cerraba las puertas del clóset? Me pregunté por la silueta, o mejor, por aquella persona incompleta que había visto la noche anterior, y entonces fue como si alguien le hubiese dado play a una película, porque, sin transición alguna, me vi sentado en la sala de espera del aeropuerto de Maiquetía, leyendo un libro que debía ser muy divertido, porque yo sonreía con una sonrisa amplísima. Noté, casi de inmediato, que a ese yo de la terminal le faltaban en las manos unas piezas de rompecabezas, e incluso carecía del dedo anular de la mano derecha. Pero al parecer aquella incompletud mía (o digamos mía no mía) estaba de algún modo solapada, porque ninguna persona me miraba extrañada o reparaba en las ausencias. En ese instante cerré con fuerza los ojos, estupefacto y aterrado por todo lo que estaba viendo. Cuando los abrí, me encontraba aún colgado en el clóset y por igual sentado en la sala de espera del aeropuerto internacional de Maiquetía.

Yo, el colgado en mi clóset, quise gritar y salir corriendo. Y en efecto grité, aunque yo mismo no escuché mi grito. Con todo, pude salir corriendo fuera del cuarto hasta la salida de la casa, pero en lo que mi cuerpo atravesó la puerta principal me encontré de nuevo en mi cuarto, colgado del clóset. Mi espacio «vital», entendí con horror, había sido reducido aún más que el que había tenido la silueta, y pensé que había sido su obra, que ella, de alguna manera, lo había contemplado así. En el aeropuerto, mi yo incompleto continuaba en la silla, leyendo el libro y con esa enorme sonrisa que a veces se abría en alguna carcajada (que sí sonaba, no como el grito de mi clóset) que tampoco molestaba a los vecinos. En cierto momento bajé el libro y quedé viéndome. Me explico mejor: yo, el incompleto, me quedé mirándome a mí colgado con el cuello roto en el interior del clóset.
—Te advertí que no sería yo el que iba a quedarse —recalqué yo, el del aeropuerto, y volví a la lectura de mi (su) libro.
Hoy día vivo en la gran Buenos Aires. No tengo el trabajo ideal, soy vendedor en una gran ferretería; pero bueno, he ido ascendiendo con rapidez y no me quejo. Por fin, al cabo de un año, vivo solo y hace poco hablé con Mariana. Quedamos en que ella se va a venir en un par de meses. Me extraña, la extraño. La distancia y el tiempo han puesto a prueba nuestro amor, y sin duda nuestro amor ha salido ganando. Seremos muy felices y nos casaremos.
Sigo estando incompleto, eso sí. Pero, ya a estas alturas, es más un sentir que un estar visiblemente incompleto. Con frecuencia me veo guindando del clóset de mi cuarto, con el cuello roto (ya se sabe), y sonrío, digamos, con ternura. Casi todos los días, al atardecer, mamá se sienta en la cama y se queda allí acariciándola, añorándome. Algo también maravilloso es que ella, esto sí todas las mañanas, pasa las cortinas y abre las ventanas. Me reconforta la luz, el aire fresco, mirar el mundo exterior. Al fondo se alza El Ávila. El aire limpio se lleva aquel olor a putrefacción que empieza a invadirme. Pero mamá no lo nota, tan sólo yo, el prisionero de mi muerte colgada. Con todo, me gusta estar en casa, con mis padres. Por las noches me descuelgo, los acompaño en su silenciosa cena y luego voy al estudio y miro televisión con ellos. He conseguido una tranquilidad que hace tiempo no tenía, que incluso el país no tiene. Mamá y papá están cada vez más delgados y deprimidos, eso sí me preocupa, porque yo, el del gran Buenos Aires, estuve mandando dinero al principio, pero ya no lo hago más e incluso dejé de llamarlos. Para mí, el incompleto de Buenos Aires, es como si ellos hubieran dejado de existir. Así que no quedo más que yo, el del cuello roto, en el cuarto de la tele, por las noches, junto a ellos. Cuando se quedan dormidos en el sofá o se van a dormir, vuelvo a mi clóset y me cuelgo. Allá, lejos de acá, me veo las piezas que me faltan, mi incompletud que nadie nota, y sonrío, mientras que acá (o allá), en el clóset y junto antes de quedarme dormido, me digo que quizás algún día me desguinde del clóset y salga de casa y siga, siga más adelante, así, de lo más tranquilo, con papá y mamá yendo a la zaga, listos para irnos lejos, o por lo menos un poco más cerca, al parque, nunca más incompletos.

Fedosy Santaella Kruk. Puerto Cabello (1970). Escritor, novelista y poeta venezolano. Profesor universitario e investigador de la Universidad de Carabobo. Coordinador de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de La Rioja (México, 2025). Obras: ha publicado más de una docena de libros de cuentos cortos: Cuentos de cabecera (2001), El elefante (2005), Verduras y travesuras, cuentos infantiles (2009), Cuentos descabellados (2016), Los escapistas (2025). Novelas: Rocanegras (2007), Los escafandristas (2014), El dedo de David Lynch (2015), Hopper en el fin del mundo (2021), El dibujo de la isla (2023). Poesía: Tatuajes criminales rusos (2018), El barco invisible (2020), Daemon (2022). Premios nacionales e internacionales. Reside en México desde 2017.







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