teselas
tuve este sueño
(o me tuvo a mí):
me encontré con Scriabin,
pero no le vi el rostro;
yo tenía una melodía en la cabeza
y él me pidió que la marcara en el piano
(emergía en las entrañas de la palmera),
lo hice y me recomendó que probara
tres, seis y nueve variaciones,
así terminaría mi pieza;
ocurrió en uno de esos paisajes
clavados en medio de largos caminos:
luminosas praderas,
pastizales espesos
y barrancos le abren paso a la casa
donde transcurrió la prova;
“ciertas almas”,
soltó al rompe,
“cuando tocan la gracia
intentan cruzar los ventanales
que consiguen dentro de sí”;
“solo vivir”,
dije al despertar;
pero había retenido algo más:
“tú puedes recobrar esos impulsos:
marcan la trama que tiende para ti el destino”;
y durante el día
me reverberaba la canción
“sí, el destino,
el destino…
¿en la nuca
o la punta de la nariz?
cruces y cruces
caminos de cruces
sálvenme de mí”.

giros
las notas surgían como silbidos dulces y erráticos y uno de los pasadizos daba a las mesas de la Panadería Vollmer y la carretera insinuaba curvas y atajos recónditos;
es un “pliegue”
y todos los planos se funden:
el rechinar de las tazas y sus ecos,
las chucherías, la tos, los bostezos,
la tarde cayendo,
el frío y la nieve incipiente,
la emoción del paso:
anda, teje espirales sobre el río, noche;
ve, calma, ve y canta el vacío;
en medio del arenal
entreví otra palmera:
se transformó en ninfa,
respiraba y su piel cambiaba de colores;
le pregunté por el siguiente camino
y soltó risueña:
“si supieras cómo me llamo,
no sé si lo soportarías:
mejor sigue”.

ante la imagen
lenta andadura con el pincel y la trementina
el óleo y el instante del paisaje:
bocetear y bocetear,
infinitamente,
lluvia de rayones y flechas;
los movimientos cubrían la blancura de la imagen y lograba asomarse el rostro del santo médico, José Gregorio, sorbiendo café, tranquilo, en la fresca mañana de Caracas;
tal vez en ese mismo instante se encaminó al fotoestudio y así nació su primera estampita, la que ha rodado por décadas en las tienditas de la Plaza Candelaria,
a través de esa imagen han clamado millones de personas:

llegan, se postran, encienden velas, oran, dejan ropa, juguetes, placas, monedas y recuerdan en la tv a don Mariano Álvarez haciendo de José Gregorio:
gracias de corazón
por los favores recibidos
estuviste cuando más lo necesitábamos
tu sereno rostro viaja por los rincones más insólitos
de Isnotú a La Candelaria hay un paso
tú -y las divinidades que viven en la respiración de la tierra- corrigen los desniveles de los hambrientos.

devociones
basta detenerse en los sitios más recónditos
y ves nichos, huecos, rústicos templetes;
al pie del árbol el orificio –a veces enrejado–
y el pasajero deja piedras,
tarjetas con mensajes, caramelitos;
son caminos llenos de huellas
y en instantes se gesta el sutil evento:
puede ocurrir en la plaza,
o en algún recodo del camino,
brotan los devotos de las carreteras;
o si vas al mar,
verás clamando a Odiseo,
solo ante los elementos,
solo él y su llamado;
infinitos muros rememoran
a los caídos de Tiananmen
o Tracabordo,
a dos pasos del restaurante criollo
el terror ajustició a los manifestantes;
ese ángulo vive ungido de flores,
recuerdos y pintas:
así como las borran
van y reaparecen…

Alejandro Sebastiani Verlezza (Caracas, 1982). Poeta con incursiones en las artes visuales. Ha publicado Posdatas (El pez soluble, 2011), Derivas (bid & co, 2013), Canción de la encrucijada (Eclepsidra, 2016), Partir (OT Editores, 2018), Los hilos subterráneos (Eclepsidra, 2020), Al tanto de sí mismo… (Eclepsidra, 2021, en coautoría con la editorial), festina lente (Lp5, 2023) y La orilla del retorno (El taller blanco, 2023).







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