Written by 7:47 pm Fuego interno

IO | Ednodio Quintero

Yo medraba en una luminosa ciudad de Europa donde había ido a parar gracias a una generosa beca que me permitía llevar una existencia regalada. Pasaba horas enteras en un café de artistas y vagos como yo, visitaba museos, me aburría viendo películas porno, me entretenía en las carreras de galgos apostando a las perras que por sus nombres sonoros como Gladys, Nancy o Ester me recordaban alguna de mis antiguas amantes. Una noche a la salida de un teatro, un amigo me presentó a su prima, una chica preciosa de ojos zarcos con vetas verdosas que destellaban al igual que los de una gata en la oscuridad, piel delicada que de solo mirarla me hacía sentir escalofríos, y unos senos perfectos que se agitaban inquietos bajo su blusa carmesí de seda pura. Me invitaron a cenar a un restaurante japonés, según el primo Marc el único que en la ciudad ofrecía el exquisito y letal pez globo. Dicen que ese pez llamado en japonés fubu tiene el veneno suficiente para matar a treinta hombres, la misma cantidad que una mujer fatal puede destruir. Por supuesto, no nos podíamos perder aquella oportunidad de oro y muerte… No sé por qué pensé en Eros y Tánatos.

Como si un hacha hubiera caído del cielo rajando mi cráneo, me prendé de aquella chica encantadora que me hacía recordar a la mujer mariposa que en mi adolescencia solía visitarme en sueños, y ella con voracidad manifiesta que no lograba disimular me correspondía. Al menos eso era lo que imaginaba a tenor de sus miradas. Mientras degustábamos con cierto nerviosismo el exótico manjar me enteré que la chica que anhelaba con furor criminal estaba casada. Vivía en una ciudad de provincia y había venido a la capital a visitar unos parientes. Pero no iba yo a rendirme así de buenas a primeras, el deseo me atenazaba y estaba dispuesto, como los jugadores de póker, a echar el resto. Así pues, aprovechando una ida de Marc al baño le declaré mi amor incondicional, y ahí mismo le propuse que nos escapáramos esa misma noche. Soltó una carcajada que me sobresaltó y que hizo voltear en nuestra dirección las miradas discretas de los comensales de aquel lujoso salón.

—Idiota. ¿Qué te has creído tú? ¿Acaso no sabes que soy una mujer casada?

«Idiota, idiota de mí, trágame tierra», me reproché por mi metida de pata. Pero el destino, ya se sabe, nos tiene reservadas algunas sorpresas. No tuve tiempo de excusarme pues apenas cambiando el tono de su voz y sin dejar de sonreír la chica habló en voz baja, casi en un susurro.

—Idiota. Me muero de ganas por estar contigo. Y así será, a mi manera, te lo prometo. Ya te lo explico. Sólo te voy a poner una condición: por favor, no se te ocurra hablarme de amor.

Me expuso su plan que, según me contaría después, lo había estado pergeñando desde el mismo instante cuando me conoció a la salida del bendito teatro. En el fondo de aquella criatura angelical, delicada, tierna, un tanto tímida y bella a rabiar se ocultaba un demonio de sensualidad, una consumada seductora. Más allá de tales atributos de orden natural, Io —la llamaré de ese modo como la rutilante luna de Júpiter—, como más tarde lo pude constatar, era un ser libre, de una inteligencia prodigiosa, hacía lo que le venía en gana.

Según ella, el plan era muy sencillo. Su marido ocupaba un alto cargo en una empresa (no quiso dar ningún detalle) y era enviado con frecuencia a misiones en diversas ciudades del país e incluso en el extranjero. Viajes breves, aclaró. Pensé en La muerte de un viajante, la obra teatral de Arthur Miller, pensé en Marlyn Monroe.

—Cuando esté ausente, te llamo —en un papelito anoté mi número de teléfono— a las ocho en punto de la noche. En la estación del Este tomas el tren que sale para mi ciudad a las 9:30 y llega a las 10: 50. Atraviesas la plaza que está cerca de la estación, a esa hora en el reloj de la iglesia estarán sonando las 11 en punto. Tomas la calle que en una esquina luce una tienda de música antigua adornada con la figura de un dragón amarillo. Caminas tres cuadras y en la acera izquierda encontrarás mi casa, la número 69. ¿Qué te parece? Empujas la puerta, cruzas el salón y en la habitación te estaré aguardando desnuda.

Mientras hablaba iba dibujando el plano que conducía desde la estación del tren hasta su cuerpo ardiente esperando por mí. Lo plegó con primor y me lo entregó. El primo Marc se acercaba.

Yo vivía en un apartamento tipo estudio con una espectacular vista hacia el río que atravesaba la ciudad, y desde el día siguiente a mi encuentro con Io, a partir de las 7 de la noche me sentaba al lado del teléfono como el guardián de mi prometida felicidad. Cuando se acercaba la hora, un sudor frío recorría mi cuello y mi corazón se ponía a temblar. Cuánto padecí aquellos instantes de ansiedad y tensión en los cuales una idea fija ocupaba mis pensamientos: veía como en una ensoñación el cuerpo de Io como una zarza ardiente dando birondas en la oscuridad. A las 8 el teléfono permanecía silencioso. Una y otra vez me aseguraba de que tuviera tono. A las 10, ya resignado y maltrecho como si me hubieran dado una paliza devoraba un sándwich al igual que un perro hambriento y rabioso. La tortura se prolongaba por unas horas más. Lo primero que se me ocurría pensar era que aquella chica se había burlado de mí, que su promesa era un falaz engaño, que la ciudad existía, pero no la plaza ni la figura de un dragón amarillo ni la casa número 69. A veces se me pasaba por la mente la idea insensata de correr hasta la Estación del Este, tomar el tren de las 9:30 de la noche y apenas pasadas las 11 llegar a la puerta de la casa de Io y derribarla con una mandarria. Ya de madrugada, cuando el insomnio amenazaba con arruinar mi noche entera, me masturbaba con furia criminal pensando en aquella bruja que con sus ardides y maleficios se había burlado de un ingenuo como yo. ¡Idiota de mí!

Por dos semanas, que parecían años, se prolongó aquel suplicio. Una noche, a las 8:03 minutos sonó el teléfono. ¡Era ella! Cuando reconoció mi voz, sin prolegómenos habló, fue breve y concisa. «Hoy es el día, querido mío. Te aguardo con ansiedad. Vente enseguida». Me quedé sin palabras y cuando intenté decir no sé qué, colgó. Por algunos instantes me quedé paralizado sin saber qué hacer, observando el teléfono como si aquel artefacto me pudiera aconsejar que desistiera del viaje en el tren nocturno hacia un destino incierto. Pronto recuperé la razón y en un dos por tres estuve listo para emprender la aventura con la que tanto había soñado. El trayecto entre mi apartamento y la Estación del Este lo había recorrido varias veces durante el día, me lo sabía de memoria, tenía tiempo de sobra. Aún así me precipité como un loco hacia la salida y en mi prisa tropecé con una mesita sobre la cual estaba puesta una figura de cerámica que representaba a una pareja haciendo el amor de una manera acrobática. La había adquirido en un mercado de pulgas y formaba parte de una especie de Kamasutra de los incas del Perú que llamaban pucas. La figura se volvió añicos.

Todo salió a pedir de boca. No me detendré en la descripción de los placeres que Io, mangiatrice di uomini, me regaló en aquel rito iniciático en el altar de Venus. Las cuarenta y siete figuras del Kamasutra de los antiguos incas no alcanzarían para ilustrar lo que aconteció la madrugada del sábado y las que siguieron en el aposento de mi amada. Había sí un detalle con el que no había contado: yo debería salir de la casa de Io antes del amanecer y abordar el tren de las 6:15 que me devolvería a mi ciudad. No me quedaba de otra que obedecer. Era ella quien fijaba las reglas.

Luego del éxito de la primera vez, la espera al lado del teléfono adquirió otras connotaciones. Disminuyó mi ansiedad y aunque me sentía satisfecho con la inesperada aventura, una serie de dudas comenzaron a roer mi conciencia. A veces me sentía como una mosca atrapada en una telaraña, en cualquier momento la tejedora de semejante trama me devoraría sin compasión o me desecharía al igual que un inservible cachivache. Qué pasaría, me preguntaba, si deja de llamar. Es ella la que tiene el control. No podía llamarla pues no conocía su número, y aunque tal vez no fuera tan difícil averiguarlo me había advertido que si lo hacía se encargaría de que «en aquel Café de artistas donde pasas el santo día jugando ajedrez con un chino se aparezca un mensajero y te meta un pedazo de plomo en el cráneo y jaque mate». Me quedé estupefacto, no tanto por la amenaza pues la creía capaz de eso y mucho más. Me preguntaba cómo se había enterado de mis cotidianas partidas de ajedrez con el simpático chino que se hacía llamar Li Po, quien además de hacerme reír con su humor desopilante me estaba enseñando mandarín. Ante semejante perspectiva, lo mejor era quedarse quieto.

No se piense que me estoy quejando. Sería yo un idiota y un desagradecido con la vida si me pusiera ahora después de tantos años a ponerle peros a una relación fugaz y clandestina que me colmó de los más intensos placeres que ni siquiera había soñado. Y aunque se suele decir que las comparaciones son odiosas, puedo afirmar incluso sin que me tiemble la voz que tampoco experimenté algo parecido después. Hasta el sol de hoy, quiero decir.

Yo sabía que mi idilio con Io no duraría para siempre. No obstante, fantaseaba con la idea de que se habría de prolongar hasta el final de los tiempos. Ella abandonaría a su viajante de comercio y se lanzaría a mis brazos como una niña perdida en el bosque que divisa a su ansioso padre que la andaba buscando. Éramos tan jóvenes, ella tenía 23 años y yo 32. La vida aguardaba por nosotros. ¡Idiota de mí! Desde el comienzo Io me advirtió que no se me ocurriera nombrar la palabra amor. Y yo me estaba enamorando.

El deseo se estaba apoderando de mi debilitada voluntad y comencé a maquinar algún plan que me permitiera conservar a Io a mi lado. Intenté convencerla de que pasáramos un día entero en su casa sabiendo que su marido estaría ausente por dos o tres días. «Ni se te ocurra, idiota. Si no te vas a la hora exacta, llamaré a la policía». A veces me quedaba profundamente dormido después de alguna agotadora sesión, entonces Io me cacheteaba con fuerza para que permaneciera alerta. Cuando faltaban 15 minutos para la hora de mi partida me lanzaba la ropa encima: «¿Qué esperas, idiota? Vístete y fuera de aquí». Al igual que un perro faldero obedecía sumiso. Qué otra cosa podía hacer, dígame usted. Atrapado en aquella trampa deliciosa se me pasaban por mi cerebro de débil mental, o por donde sea que se originen los pensamientos, ideas malsanas. Una de esas madrugadas la ahorcaré, regresaré a la capital y tomaré el primer vuelo para mi lejano país. Asunto resuelto. Dicen que se mata lo que se ama. Esa es la ley. Esos arrebatos pronto se enfriaban y la sensatez se imponía.

En algún momento cometí un grave error. No alcanzo a recordar el punto exacto donde todo se fue al carajo. Tal vez yo estaba nublado por la pasión y en un instante de debilidad le confesé a Io mi amor incondicional, contrariando la regla que había impuesto desde el primer día le dije que la amaba. ¡Idiota de mí! Ahí mismo se transformó en una serpiente enfurecida, de sus ojos zarcos salían rayos y centellas y de su preciosa boquita brotaban los más soeces insultos. Me empujó con fuerza, apenas tuve tiempo de recoger mis ropas, en menos de tres minutos estaba yo en la calle. Crudo invierno. Eran las 3 de la madrugada en aquella maldita ciudad desconocida para mí. El frío me calaba los huesos. Caminé con lentitud hasta la estación. Un guardián me estuvo mirando durante un largo rato, pero quizá se compadeció de mí y me perdonó la vida. Abordé el tren de las 6:15 y respiré aliviado. Pesqué un resfriado que casi me mata.

Por supuesto, no me hice ninguna ilusión. Yo sabía que aquella historia había llegado a su fin. Quizá las cosas pudieron haber sucedido de otra manera, pero esa es la pregunta que siempre nos hacemos cuando ocurre un hecho que nos causa sufrimiento. Recordé de pronto una frase de Samuel Beckett: “No hay partido de vuelta entre el hombre y su destino”. Aún así durante un tiempo que se me hace difícil determinar con exactitud estuve sumido en la dejadez y la depresión. Varios días permanecí encerrado en al apartamento, sentado al lado del teléfono, alimentándome sólo con raciones de avena que en mi memoria aparecen como vómitos de perro.

Una noche de primavera, el día de mi cumpleaños 33, la edad de Cristo, ya ustedes lo adivinaron: el teléfono repicó. ¡Era ella! A las 9:30 abordé el tren rumbo al cuerpo caliente como un fogón de aquella mujer fatal y al día siguiente muy temprano estaba yo de vuelta, hecho polvo, en mi búnker. Desde mi ventana se contempla una panorámica espectacular del río. Va subiendo una barquita a remos conducida con cierta torpeza por dos chicas que al parecer la están pasando súper bien, ríen y hacen gestos exagerados cada vez que la barca se tambalea. El viento sacude sus cabelleras color miel. No recuerdo dónde leí lo siguiente: “Los amantes siempre vuelven, ¿para qué?”. Comencé a recoger mis bártulos. Una carta de mi hermana me informa del agravamiento de mi madre. Se me agota la beca y en mi lejano país las cosas se están poniendo color de hormiga. Mañana sale un vuelo directo para Caracas. Llamaré a ver si consigo cupo.

Mérida, mi herida: 20/12/2020.

De: Últimos días en el planeta Tierra (inédito)


Ednodio Quintero Montilla, Trujillo, Las Mesitas (1947). Narrador, profesor jubilado de la Universidad de los Andes, Venezuela. Ensayista, japonólogo y fotógrafo. Con más de 40 obras publicadas, traducidas en varios idiomas y con premios nacionales e internacionales. Destacan entre sus novelas: La danza del jaguar (1991), Mariana y los comanches (2004), El amor es más frío que la muerte (2017), Diario de Donceles (2022) y El dictador (2025). Su labor como cuentista es más profusa e igualmente traducida a varios idiomas. La muerte viaja a caballo (1974), La línea de la vida (1988), El combate (1995), El corazón ajeno (2000), El arquero dormido y otros relatos (2010), Cuentos salvajes (2019). Reside en Mérida, su herida.

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