Gustavo Gaffigan era hijo de gringo con venezolana y estudiaba conmigo en el San Agustín de El Marqués. Era bueno en deportes por lo robusto y ha podido llegar a ser un “grandes ligas” si se hubiera conformado con ser cátcher, pero era torpe en el trato y muy dado a las obsesiones. Hablaba español perfecto, pero insistía en imitar a su padre cambiando los artículos. Decía “el película”, y otras barbaridades que no tenían sentido, y uno no sabía si era una pose o una irremediable traba de su infancia.
Su casa estaba bien pegada de la Cota Mil. El papá la había hecho al estilo norteamericano, con un sótano que era salón de juegos, gimnasio y taller de carpintería. Era un tipo medio inventor y le gustaba que su hijo fabricara sus propios juguetes, como una especie de ciudad futurista por la que circulaba un tren eléctrico.
Pero un buen día todo hijo quiere inventarse su propio oficio y a Gustavo le dio por convertirse en un escapista. Supongo que vio en el enorme televisor del sótano la película de Tony Curtis haciendo de Harry Houdini y se le removió algo por dentro. No me agrada irme por lo más obvio, pero creo que Gustavo quería escapar de su padre, quien lo acosaba demasiado. No es poca cosa que te toque en Venezuela cargar con el apellido Gaffigan.

Todo su tiempo libre nuestro gran Gustavo lo dedicaba a su proyecto secreto con una disciplina que lo fue aislando de los demás. Esa misma manía de ensimismarse era parte de su entrenamiento. Al principio no sabíamos qué hacía en clase aguantando la respiración hasta los bordes de un desmayo, o aferrándose al pupitre con ejercicios de tensión a lo Charles Atlas. Siempre estaba concentrado, pujando, como tratando de lograr algo imposible. Empezó a proclamar que solo se bañaba con agua fría, que era capaz de dormir parado en un solo pie y de leer el pensamiento. En la única demostración de adivinación que nos dio, estuvo mirando a Pérez Iturbe en la frente por buen rato y el asunto lucía serio, pero al final lo que hizo fue reírse con desprecio, con lástima, como si hubiera visto cosas que no valía la pena contar.
También estaba lo del mecate. Cargaba un trozo de algo más de un metro y se las pasaba haciendo y deshaciendo nudos, cada uno con su historia, el “de la abuela”, el “del turco” o los que usan los marineros de las islas Molucas, o “malucas” como sonaba en sus entrecortadas revelaciones.
Yo lo trataba poco. La vez que fui convocado a su sótano fue un sábado que Gustavo iba a dar una segunda demostración de sus destrezas. Los que fueron a la primera función me contaron que el acto consistió en dejarse amarrar con un mecate mucho más largo que el que llevaba a clase; luego Gustavo los puso a contar los segundos en voz alta mientras se contorneaba como un gusano y logró salirse del embrollo cuando la cuenta iba por menos de 90. Lo suyo era sin duda una hazaña y la fama se corrió por el colegio, pero sumada a esa aura extraña de los artículos cambiados y sus pujantes silencios en los recreos. Además, estaba su absurda petición de que le guardaran el secreto de sus crecientes facultades, como si hubiera algo ilícito y pecaminoso en sus actos de escapismo.
Aprovechando que sus padres se iban a Puerto Azul por el fin de semana hubo una segunda demostración y fui convocado un sábado en la tarde a otra sesión. Éramos como cinco y todos estábamos con muchas ganas de darle una buena amarrada. Al final lo dejamos envuelto en mecate como una momia, pues todos querían añadir un nudo, dar su jalón, un giro más.
Apenas comenzamos el conteo me fijé que el secreto era bastante simple. Gustavo expandía los músculos mientras lo amarrabas y luego se encogía. Era como amarrar a un gigante que se convierte en enano. También usaba los dientes que eran unas tenazas y no le molestaba lo peludo y áspero del mecate. Sus contorneos tenían algo espasmódico, tratando de sorprender a la cuerda al templarla por donde menos se lo esperaba. Cuando íbamos por los noventa segundos ya el tipo se estaba quitando el traje de cabuyas como si fuera una escafandra. Nos sentimos humillados, cada vez más distantes de quien nos invitaba a su casa para divertirnos, y despreciarnos, metidos en aquel sótano fantástico, tan distinto a lo que ofrecían nuestras casas aburridas, convencionales.
En medio de ese estado contemplativo que trasmiten las derrotas se oyó la voz de un primo apureño que Nicolás Carvajal había traído coleado. Era un poco mayor que nosotros y lo habían enviado a Caracas porque iban a internarlo en un liceo militar. Eso es todo lo que supe y lo que sé. No tengo su nombre ni viene al caso. Que su familia haya sido ganadera es una fácil y conveniente suposición mía; que en su aspecto pudiera haber algo torcido y peligroso tiene que ver con lo que pasaría después, al día siguiente.
El primo propuso que lo dejaran hacer un intento. Gaffigan no estaba muy seguro de acceder. Un segundo acto le quitaba prestancia al primero; además lucía cansado, o parte del encantamiento era parecerlo; pero la voz del primo tenía algo tentador, y solemne, con ese acento que viene de una región tan lejana, y tan cercana.
Gustavo accedió y el primo le dijo con el mismo tono lento, modesto:
—Pero, siéntese, para que esté más cómodo.
Esa frase amable, respetuosa, le dio solemnidad a una función que debía poco más de un minuto, asomándonos a un tipo de enfrentamiento que desconocíamos. Y en esta iniciación incluyo al propio Gaffigan con toda su preparación física y síquica, pues lo sentí nervioso, incluso sumiso, cuando se acomodó en la silla como si fueran a electrocutarlo.
El método del primo era sencillo. Al usar la estructura de la silla los nudos se fijan en algo que ni se contrae ni se expande, y por más que Gustavo tomó aire e inflamó los músculos hasta casi levitar, la cuerda llegaba cada tanto a unos límites inmodificables. El primo no usó más de tres metros y el resto del mecate yacía en el suelo como una muestra de su maestría.
Apenas comenzó nuestro conteo en voz alta se hizo evidente un truco adicional. A la primera templada una curva de la cuerda se cerró alrededor del cuello del escapista limitando los movimientos de torso. Pero el denso Gustavo tenía otros recursos y con la expresión de un paralítico que lucha contra una maldición de Dios, se concentró en las manos moviendo los dedos como si tocaran las teclas de un piano. Era tan diferente la nueva sujeción a los rollos envolventes de la anterior. Ahora todo era simétrico, legible, funcional, con una perfecta relación entre las partes y la totalidad, y el tiempo en que recitábamos números con emoción dejó de ser importante al pasar los cien y los doscientos segundos, mientras el coro iba perdiendo fuelle y sincronía.
No sabría definir los momentos de esperanza, pues se alternaba los deseos de verlo libre con las ganas de escucharle aceptar de su derrota. Estaban también los esfuerzos supremos que anunciaban distintos finales, unas veces porque Gustavo parecía estar a centímetros de desatarse y otras porque se iba revelando, con la misma potencia, una evidente imposibilidad.
Mis sentimientos más confusos, entre la lástima y la burla, surgían cuando, a punto de claudicar, nos miraba con vergüenza, resollando como si viniera de correr por empedradas colinas o ardientes desiertos. Estaba rojizo, tan ardiente como un hereje en su hoguera. Y era en esos desfallecimientos cuando su rostro alcanzaba las mayores transformaciones al iluminarse con la posibilidad de una nueva estrategia, acometiendo con absoluta fe algo que ya no entendíamos. De tanto ver la misma imagen se nos había transformado en la pose de un condenado por una secta antigua, y, hacia el final, en mi recuerdo de una foto plena de sol donde un venado es atrapado por una anaconda que se va a tardar unos tres días en comérselo.
La tarde avanzaba y alguien se puso a jugar con el tren eléctrico. Hasta el mismo experto en amarres dijo que iba a la cocina a buscar agua. Comenzaba a suceder algo que nunca podrá aceptar un sucesor de Houdini: su público se fastidiaba. Era como visitar a un enfermo al que no conviene nombrarle su enfermedad, al punto que alguien le preguntó, en uno de los descansos respiratorios que se tomó Gustavo, si le prestaba su careta de cátcher para un juego que tenía el martes en la tarde.

Cuando regresó el apureño, me atreví a preguntar si no podíamos desamarrar a Gustavo. Y cometí el error de decirlo como si él no existiera. Gaffigan se descompuso y con una voz atiplada por la cuerda y los incesantes esfuerzos comenzó a gritar que lo dejáramos solo, que nadie podía tocarlo.
En los sucesivos momentos que se fueron alargando, se descarriló el tren y causó algunos estragos en la ciudad del futuro. No fue gran cosa, pero el estruendo de un choque siempre es más alarmante que la visión del impacto, y como el gran mesón de los trenes estaba a sus espaldas, Gustavo intento voltear mientras gritaba que nos fuéramos de su sótano. Resultaba tan desconcertante escuchar como su acento se iba haciendo cada vez más gringo. Hasta las groserías eran todas en inglés, formando un creciente rollo cada vez más enrollado, pues algo tenía que ver con que ya nadie lo entendía.
Dicen que los amputados sienten dolor justo en la parte que ya no existe, y algo similar debe haberle pasado a nuestro compañero Gaffigan. Podía percibir, en mis coyunturas, las tiesas patadas y manotazos que el preso intentaba lanzar en medio de la más grave de sus convulsiones. Pero confieso que no lograba sentir compasión sino la estruendosa obligación de reírme, y, al no lograr aguantar estos espasmos, decidí salir del sótano y de la casa, y no supe cómo fue la despedida.
Ya en la calle y rodeado por esa aura entre la tarde y la noche que aumentan las preocupaciones, me preguntaba cuando se le quitaría la arrechera a Gaffigan. El ambiente de aquel sótano me gustaba y quería volver alguna vez a pasar por allá.
Metido en mi cama reapareció la imagen del ahorcamiento y me pregunté si sus padres volverían el sábado en la noche o tarde el domingo. Estuve pensando en ir a desamarrarlo, y hasta me senté en la cama, pero pensé que sus padres podían llegar justo cuando le estaba quitando las cuerdas o, peor aún, tratando de revivirlo.
Al día siguiente le pregunté no recuerdo a quién:
—¿Cómo quedó Gaffigan?
Y me respondió con la actitud de quien acepta la vida tal como viene y se va:
—Amarrado.
Nunca del tema hablé con Gaffigan, pero nos queda mucha vida por delante y a lo mejor un día nos encontramos. Un buen lugar sería el bar de un aeropuerto. Lo recuerdo como alguien que quieres ver y luego tomar diferentes rumbos.
Hasta las versiones más sensatas nunca fueron piadosas. El cuento es que sus padres llegaron de la playa el domingo en la tarde y lo encontraron vuelto un desastre. “Meado y cagado, pero vivo”, fue la descripción más persistente. Les dijo que habían entrado unos ladrones y lo habían amarrado. Al principio no fue fácil creerle. Los ladrones no se habían llevado nada. Gaffigan dijo que se puso a gritar cuando le iban a poner una bolsa en la cabeza y eso los asustó. Su padre no le creyó y lo estuvo interrogando; espero que después de soltarlo:
—¿Y tú que gritar?
—Que los iba a matar tan pronto lograr soltarme.
Horas después, cuando el padre tuvo tiempo de revisar la casa con calma, entra en el cuarto de Gustavo, quien está echado en la cama mientras su madre le pone sábila en las llagas. El padre se sienta a su lado y le acaricia la frente. Debe haberle hablado en inglés y traduzco sin utilizar los errores de conjugación que mis compañeros de clase, a través de los años, han añadido para hacer la historia más graciosa:
—Es verdad, hijo mío, entraron los ladrones… Te portaste como un valiente.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta el hijo tratando de incorporarse.
—Porque se llevaron mi cámara y mi revolver —contesta el padre con la extraña sonrisa de los sabios que están más allá del bien y del mal.
Luego de una pausa, agrega con una pesadumbre más ordinaria:
—Y una locomotora.

Federico Vegas Pérez, Caracas (1950). Arquitecto, cuentista, ensayista, narrador. Ganador del 52.º Concurso Anual de Cuentos del Diario El Nacional (1997). Ha sido colaborador del New York Times en español. Y ha escrito una de las novelas de mayor impacto editorial en Venezuela, Falke (2005). Escribió Miedo, pudor y deleite (2007), La Carpa y otros cuentos (2008) y novelas como Sumario (2010) y Los incurables (2012). Actualmente dedica su actividad intelectual al ensayo y la realización de cortos digitales de arte. Vive entre Caracas, República Dominicana y EE.UU.








