Written by 8:08 pm Fuego interno

El campo, el río | Rubi Guerra

…no tengo casa, no más una sombra.

Malcolm Lowry

1

Los duendes, ¿son reales? Depende lo que llamemos duendes. Y de lo que consideremos realidad.

Cuando tenía nueve años fui con mi padre a visitar a unos familiares que vivían en el campo, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Como mi experiencia del mundo era limitada, siempre que se hablaba del campo imaginaba la campiña inglesa tal como se mostraba en ciertos programas de televisión: una gran extensión de césped salpicada aquí y allá por algunos árboles y de fondo una gran casa de piedra. No podía conciliar aquellas imágenes televisivas con la constatable realidad; esto no puede ser el campo, esta confusión, esta proliferación de especies vegetales y animales, esta invasión del espacio visual que niega las líneas rectas y armoniosas.

La casa era pobre y olía a humo y a mierda de gallina. Yo permanecía junto al vehículo de mi padre, inseguro de cómo comportarme ante estos familiares que vía por primera vez y en este entorno que me resulta tan difícil de entender.

La casa era pobre y olía a humo y a mierda de gallina y era de barro sin encalar. Largas varas de caña colocadas horizontalmente sobresalían en el barro que formaba las paredes. El techo de palma me parecía bonito. La gente, extraña. Un hombre muy viejo a quien mi padre llamaba tío y una mujer no tan vieja a la que llamaba tía, algunos hombres y mujeres más jóvenes que mi padre y varios niños y niñas que parecían tan tímidos como yo y me miraban desde la entrada sin puerta de la casa, medio ocultos. El viejo, que estaba sin camisa y solo vestía un pantalón estrecho y oscuro que le llega hasta los tobillos, era flaco y fibroso y reía con grandes carcajadas mientras palmea la espalda de mi padre; luego se acercó adonde estaba yo y me dijo algo que no entendí; le faltan algunos dientes, pero los que le quedan son grandes y blancos. Yo no dije nada.

Más tarde los adultos conversan de cosas de adultos. Toman café y ron. A mí me dan un jugo de caña en una botella de refresco. No veo a las gallinas, aunque las huelo, pero sí a las potocas. Me pongo a seguirlas. Son una docena o más, escarbando por acá y por allá, aleteando y produciendo un ruido que es como el sonar de una matraca de madera fina. Voy al sitio donde hacen el casabe, a un costado de la casa. En los enormes fogones de barro se cocinan las tortas de yuca. De unos troncos colocados horizontalmente y sostenidos por otros en una estructura de aspecto precario cuelgan unas vainas de bejuco tejido de cuarenta centímetros de diámetro y casi dos metros de largo. Destilan un líquido lechoso que cae a la tierra apisonada. Es veneno, me dice una niña de siete años que me ha seguido todo el tiempo, si lo tomas te mueres. No es verdad, contesto, aunque no tengo idea de qué son o para qué sirven las gigantescas vainas ni su contenido. La niña no replica nada, solo me mira con sus grandes ojos redondos.

Antes de marcharnos, disponiéndonos ya a abordar el carro, interrogo a mi padre sobre lo que he visto. Así le sacan el veneno a la yuca con la que se hace el casabe, me dice.

Cuando nos disponemos a regresar, un hombre bajito y oscuro se acerca a mi padre y le pregunta si puede llevarlo a la ciudad. Mi padre accede con una sonrisa y el hombre ocupa el asiento trasero. Huele a tabaco y a madera.

Me distraigo con las muchas curvas de la carretera y la pared vegetal que la ciñe por un costado la mayor parte del camino. Por trechos, la muralla verde desaparece del lado izquierdo y veo el mar, cien metros más abajo; ensenadas, pequeñas islas. Sobre la carretera cuelgas ramas y lianas, como en una película de Tarzán, y en eso me entretengo. Al poco rato, el hombre y mi padre comienzan a conversar. Hablan de cosechas, de incendios y, en algún momento, de enfermedades. Dejo de prestar atención durante largos kilómetros. La carretera, célebre por el peligro de sus muchas curvas, se despliega entre la muralla vegetal, y eso me parece más fascinante que las palabras de mi padre y su pasajero, pero al poco rato me aburro y comienzo a prestar atención a lo que hablan. Entiendo que hablan de curaciones y males sobrenaturales; trabajos de brujería y las maneras de combatirlos. También sobre las dolencias del cuerpo y las yerbas y oraciones necesarias para la curación. El hombre parece docto en la materia. Me toma unos pocos minutos darme cuenta de que cree en aparecidos, encantos, curaciones milagrosas y maldiciones. Mi padre parece seguirle la corriente. Comienzo a intervenir en la conversación. Interrumpir a los adultos es algo que se me da muy bien.

Debo aclarar que a esa edad era insufriblemente racional. No había misterio ni maravilla que me conmoviera. Así que le hago preguntas al hombre y pongo objeciones razonables a sus respuestas. No me cuesta mucho hacerlo enojar. No está acostumbrado a que un niño ridiculice sus creencias. Tal vez ante un adulto hubiera respondido diferente aunque este pusiera en duda todo lo que él dijera. Que sea un niño quien lo enfrente le produce una sensación de humillación; eso yo lo notaba con toda claridad. No puedo decir que actuara con inocencia. Sabía que el hombre estaba incómodo y eso me alegraba sobremanera.

Apenas al llegar a la ciudad, el hombre pidió a mi padre que se detuviera. Se despidió de él y bajó del vehículo. A mí no me dirigió la mirada ni la palabra.

Reanudamos la marcha lentamente. Mi padre siempre conducía así, con una lentitud que podía ser exasperante y provocaba frecuentes burlas en la familia, aunque a él no parecían afectarle. Aún faltaban varios kilómetros hasta nuestra casa.

2

Cuando yo era pequeño y vivía en el campo, dijo mi padre mirándome brevemente para asegurarse de que lo estaba escuchando y luego volviendo su mirada a la vía, en una casa vecina de donde acabamos de estar, aunque más cerca del río, se perdió un niño recién nacido. Tenía menos de un mes. Hijo de una prima segunda o tercera, eso nunca lo he tenido muy claro. La mamá estaba cocinando en un fogón en el patio, acababa de darle la teta y el niño estaba durmiendo en un cajón de madera en el cuarto de ella y el marido.

¿Por qué estaba en un cajón?, pregunté un poco horrorizado.

Era lo que se usaba. No había cunas como las de ahora. Esta prima mía terminó de cocinar y fue a la habitación a ver cómo estaba el niño. Es lo que todos los padres hacemos con los hijos recién nacidos: comprobar veinte veces al día si respiran. Entonces ella fue a la cuna y el bebé no estaba. No tiene sentido que tratemos de imaginarnos el susto de esa muchacha, que era bastante joven. Era su primer hijo. Su marido estaba por llegar a la casa, pero ella igual salió corriendo hasta el conuco donde él estaba trabajando, como a un kilómetro. Antes revisó por el rancho, aunque sabía que el niño no estaba allí. Era muy pequeño para salir por sí solo del cajón, así que alguien se lo tenía que haber llevado.

Encontró al marido a medio camino. Le contó lo que había pasado. Volvieron corriendo a la casa, solo para asegurarse. Luego corrieron hasta las casas vecinas, que eran casi todas de miembros de la familia. Unos más cercanos que otros, pero todos emparentados.

Se organizó muy rápido la búsqueda. Se pensó que podría habérselo llevado un animal, aunque hacía tiempo que no se veían animales suficientemente grandes, como tigres, para arrastrar a un niño. Por otra parte, tampoco había sangre. Ni huellas alrededor de la casa. Y faltaba una sabanita con la que su mamá lo había envuelto.

El día pasó y llegó la noche sin ningún cambio. Recuerdo que a los niños nos vigilaban todo el tiempo. No permitían que nos quedáramos solos. Yo tenía mucho miedo, porque a pesar de que los adultos trataban de disimular a los niños nos llegaban sus temores de fuerzas sobrenaturales. Estas podían ser de muchos tipos, duendes, brujas, monstruos de todo tipo.

Así pasaron tres días. En la mañana se corrió la voz de que el hijo de unos vecinos había encontrado unas huellas en el camino que llevaba hasta el río. Fuimos todos allá, como una procesión. Yo las vi. Eran la marca de un pie y una mano del lado izquierdo. El pie y la mano de un bebé. Los adultos comenzaron a buscar otras huellas, mientras los niños éramos apartados a un lado. En una trocha que se apartaba del camino al río aparecieron las otras, idénticas a las primeras. Algunas mujeres se persignaron y otras rezaron un padrenuestro u otra cosa, no estoy seguro.

El niño apareció a un lado de la trocha. Pero no creas que era algo tan simple. Estaba sobre una gran piedra negra bajo la sombra de un árbol bastante grande, envuelto en la manta que su madre había tejido para él. Y aunque estábamos a menos de diez metros, no había forma de acercarse. Toda la piedra estaba rodeada de tunas. ¿Sabes lo que son tunas?

Sí, cactus.

Eran tunas adultas, no de esas que ves en maceticas. Con espinas de quince centímetros. Nadie podría haber pasado por allí.

¿Y qué hicieron?

Los hombres llevaban sus machetes porque no sabían qué podían encontrar, así que se pusieron a abrir un canal en aquel tunal. Terminaron hacia mediodía. En todo ese tiempo, el niño apenas se movió. Ansiosamente, todos los ojos vigilaban su pecho. Cuando la brecha estuvo concluida, los padres subieron a la piedra y lo abrazaron y caminaron con él hasta su casa seguidos por todos los parientes y vecinos. Estaba bien, no le pasó nada. En perfecto estado.

¿Quién se lo llevó?

No lo sé. Nadie lo sabe. Pero todos sospechaban que fueron los encantados, los duendes.

Quedé en silencio. Mi padre también. El carro rodó hasta el frente de nuestra casa, donde se detuvo. Había demasiadas cosas que quería preguntar, pero no me atrevía. Después de todo, tenía nueve años, y a esa edad no cuestionamos a nuestros padres aunque lo que nos digan choque contra nuestras creencias más firmes; en mi caso, la más arraigada, aunque reciente, era la inexistencia de todo mundo invisible. Poco tiempo atrás, rezaba todas las noches antes de acostarme y creía, a pesar de que suene a lugar común, que había un monstruo bajo la cama, pero para ese momento mis convicciones estaban sometidas a la lógica científica, o a lo que yo consideraba tal.

Esa noche no dormí mucho. Como me comenzaba a suceder con fastidiosa frecuencia, tardé demasiado en dormirme y me desperté demasiado temprano. El gesto avinagrado de nuestro pasajero volvía a mi memoria una y otra vez, con leves cambios de matiz que lo hacían por momentos ver enojado, indignado, triste, avergonzado… y mi propio ánimo se iba transformando según lo que viera en él.

El sol estaba lejos de aparecer cuando me levanté. La respiración de mi hermano se escuchaba nítida y profunda. Recorrí el pasillo hasta la puerta de la habitación de mis padres. Me detuve a considerar si debía entrar o no. Decidí que no era buena idea. Me senté en el gran sofá de la sala, hundiéndome un poco. Las cortinas que cubrían las dos ventanas no dejaban pasar nada de la luz del exterior. La oscuridad ya no me asustaba, (había aprendido a sujetar y dominar mis temores irracionales), pero era aburrida. Así que abrí la puerta de doble hoja que llevaba al porche y salí al exterior. Me encaminé al centro del jardín y me senté en una piedra grande con forma de huevo que estaba enterrada allí. Alguien, tal vez mi padre, la había cubierto de pintura plateada. Resultaba una incongruencia entre las rosas, las trinitarias y las flores del caucho que mi madre cultivaba y cuidaba con celo no excesivo pero vigilante, y por eso me gustaba. No era un asiento cómodo, pero me hacía sentir importante. El cielo era de un azul palidísimo entreverado de rosado y amarillo. Las sombras no existían. La luz, tenue, era como la que podría haber imaginado si creyera en otro mundo. El aire mismo relucía con una luminiscencia débil, casi enfermiza.

3

Unos días después escuché la historia de la tía Marcela, hermana menor de mi papá. Como sucedía con frecuencia en aquellos primeros tiempos del retorno de mis padres a la ciudad natal, se había reunido en el porche de nuestra casa un grupo de familiares bastante grande a rememorar las viejas historias de la familia. Es seguro que eran sucesos contados y recontados cientos de veces, pero que no parecían haber perdido su capacidad de hacer reír, asombrar o entristecer tanto a los que contaban como a los que escuchaban. Mis hermanos y yo éramos todavía los recién llegados, nacidos y criados bajo otro cielo, ignorantes de la mayoría de los relatos que daban identidad al resto de la familia. Así que estas historias, en gran medida, se hacían en honor nuestro. Ninguna historia era contada por una sola persona; las voces se alternaban, se interrumpían, aportaban precisiones, contradecían algún dato.

Lo que se narraba de Marcela había ocurrido antes de que se transformara en la mujer parlanchina y atolondrada que yo conocía. Tenía entonces catorce o quince años. Era, decían todos, una muchacha normal, obediente, buena hija, trabajadora. Mi abuela y sus hijos vivían en ese tiempo en el campo, cerca del río.

Al río, de grandes piedras y manso en las orillas, pero rápido en el centro, se iba a buscar agua y a lavar la ropa. En eso se encontraba Marcela acompañada de su madre y otras mujeres cuando, sin que nada lo hiciera anticipar, la muchacha comenzó a internarse en las aguas. Al principio la miraron extrañadas, pero cuando notaron que el agua le llegaba a la cintura le preguntaron a los gritos que a dónde iba. Sin dejar de avanzar lentamente (la corriente comenzaba a dejarse sentir), giró medio cuerpo y respondió que a buscar las garzas rosadas. Fue su respuesta y su mirada de alucinada lo que llevó a mi abuela y a otras dos muchachas a correr tras ella mientras le pedían que se detuviera. La alcanzaron cuando el agua le llegaba al pecho. Su largo camisón flotaba a su alrededor como una flor gigante. Lucharon contra ella para llevarla otra vez a la seguridad de las piedras de la orilla. Una vez fuera del agua se defendió con patadas y golpes para que la dejaran seguir a las garzas y al hombre vestido de blanco que la llamaba desde la otra orilla. Era un hombre alto, delgado, buenmozo y tan blanco como su ropa. Al escuchar esto último, ya las mujeres no tuvieron ninguna duda: un Encantado se había enamorado de ella.

Todos sabían que el amor de los Encantados podía ser terrible e impredecible. Jóvenes de ambos sexos desaparecían repentinamente y reaparecían días o meses después en perfecto estado pero incapacitados para contar qué les había sucedido; o eran encontrados ahogados, enredados en las raíces de un árbol a la orilla del río.

Luego de unos minutos, Marcela se calmó lo suficiente como para ser conducida a la casa. Le dieron una infusión de valeriana, la acostaron y aguardaron. Se durmió casi en seguida.

Al día siguiente no se acordaba de lo ocurrido. Su conducta era normal, la que se podía esperar de una niña de catorce años en esa época y en ese lugar. Quería ir al río a terminar la faena del día anterior. Se sorprendió cuando le dijeron que ya toda la ropa estaba lavada y que era mejor que se quedara en casa porque tuvo un malestar y debía descansar. Aceptó el dictamen con tranquilidad. El día lo pasó dedicada a las tareas que le fueron asignadas y que podían cumplirse en el interior: doblar la ropa, lavar enseres, ayudar a cocinar y servir y otras cosas que sería tedioso enumerar. Siempre bajo la mirada de su madre y de una de sus hermanas mayores.

A todas estas, ¿dónde se encontraba mi padre, qué responsabilidades asumió como primogénito? Pues, ninguna, ya que estaba en su primer trabajo como tripulante de un barco. Navegando en no sé qué mares. No se enteraría de estas cosas hasta transcurridos varios meses.

Poco después de medianoche, mi abuela, que tenía esa capacidad de ciertas madres y los delfines de dormir con medio cerebro mientras el otro permanece vigilante, escuchó un levísimo crujido de madera. Se levantó y fue a la habitación donde dormían sus hijas. La cama de Marcela estaba vacía. Despertó a gritos a toda la casa y salió a la noche, tomando decidida el camino que conducía al río.

Seguida de sus hijas y su esposo, alcanzó a la muchacha con el agua a la cintura. De noche, el río se percibía cálido; detrás de los árboles oscurecidos acechaban misterios, pero el único peligro real provenía de la determinación de su hija de sumergirse en la corriente para encontrase con el hermoso hombre acompañado de su cortejo de garzas rosadas que prometía llevarla a su palacio en las profundidades. Eso decía la alucinada entre sollozos mientras se debatía fieramente por soltarse de los brazos de su madre. Y lo hubiera conseguido si no hubieran llegado los refuerzos familiares.

La condujeron otra vez a la casa, medio arrastrada, medio en volandas, y la ataron a la cama. Todos estaban aterrados. La muchacha continuaba hablando de los palacios bajo el agua, las casas, las calles, las comidas, la ropa y las joyas de sus habitantes…

Cerca del amanecer se durmió, lo que aprovecharon los más jóvenes para descansar también.

Los padres permanecieron despiertos considerando lo que podían hacer. Llamar a un curioso para que ensalmara a la muchacha, y a la casa, de paso, era lo que la tradición prescribía, pero se sabía que los Encantados eran tenaces y poderosos. Con demasiada frecuencia los ensalmos y oraciones de los curiosos no tenían el resultado esperado. De hecho, podrían resultar contraproducentes. Los seres del agua podían ser tan benignos como rencorosos si no conseguían lo que querían. Hacerlos enojar era más peligroso que tenerlos de enamorados. Al final, tomaron la única decisión posible: se mudarían a Cumaná, donde, por otra parte, pasaban la mitad del año, y donde el río que partía la ciudad en dos era peligroso cuando se desbordaba e inundaba las calles, pero se sabía que los únicos seres del agua que vivían allí eran los peces. 

La solución se reveló efectiva y duradera. En la ciudad desaparecieron sus arrebatos de inconsciencia y comenzó a llevar la vida normal de una muchacha de su edad y condición. Pasados dos años, Marcela pudo volver a la vieja casa del campo. No recordaba nada de lo que había sucedido allí; tampoco volvió a ser molestada por ninguna criatura sobrenatural. Sin embargo, luego de esa experiencia ya no fue la misma. Por eso mi tía Marcela era como era, coincidían todos. Como si una parte de su niñez se hubiera instalado permanentemente en ella, lo que la había vuelto crédula en exceso y dada a las divagaciones. También desarrolló un exagerado interés por la religión, lo que en la familia era tan extraño como ser descreído. En el campo no había iglesia, ni siquiera una capilla, pero se aprendió todos los rezos de los velorios y algunos más. Cuando le llegó el tiempo y se juntó con un hombre, lo hizo con uno que tenía fama de brujo, pero, según la opinión de todos los miembros de la familia, que en esto mostraba una inusitada unanimidad, no era más que un hablador de pendejadas.

4

Mi tía Marcela falleció un par de años después de yo haber escuchado su historia varias veces en esas noches de cuentos de aparecidos. Era algo que se veía venir, pero nadie lo vio. Durante años había padecido de muchas enfermedades imaginarias, incluyendo dos o tres embarazos –si podemos considerar el embarazo una enfermedad– en una etapa no reproductiva de su vida. Toda la familia se había acostumbrado a considerarla una enferma, así fuera nada más de la cabeza, pero era inevitable que alguna enfermedad real la afligiera de vez en cuando, y entonces pasaba desapercibida en medio de aquel torbellino de malestares a los que los médicos y curanderos no encontraban sentido ni explicación. Así que tomando a todos por sorpresa, lo que debió haber sido un rutinario paso por la cama, se convirtió en una visita al hospital llevada apresuradamente por un vecino que terminó a los pocos minutos de su ingreso: un infarto fulminante.

El entierro se realizó en el cementerio de la pequeña comunidad rural donde descansaban casi todos mis parientes pero en la que apenas yo había estado. No hay mucho que contar del entierro en sí mismo, como no sea el número sorprendentemente alto de asistentes, muchos de los alrededores, pero también de la ciudad que vinieron en autobuses. Mis primos, hijos de mi tía, uno de mi edad y otro algunos años mayor, se mantenían dignos y tranquilos aunque visiblemente emocionados.

Cuando nos retirábamos, alguien me señaló la tumba de mi abuela materna, una lápida de cemento con su nombre y dos fechas, a quien yo no había conocido.

Al día siguiente comenzó el velorio. No estoy seguro por qué mi padre me pidió que lo acompañara, pero sospecho que sabía que mis hermanos, instalados ya en la adolescencia y sus urgencias, no estarían muy complacidos de gastar horas en compañía de viejos campesinos escuchando historias ya conocidas u otras similares. En cualquier caso, para mí todo seguía siendo nuevo; las historias, la gente, el mundo, los animales, las plantas; todavía, en ese ayer no demasiado lejano, todo existía por primera vez y yo quería conocerlo todo.

La casa era demasiado pequeña para tanta gente. El velorio se extendía por los alrededores Hacia medianoche se escuchaban más risas que llantos. Los niños jugaban sus propios juegos mientras los adultos se dedicaban a las cartas, los dados y a contar historias. Yo me mantenía entre los niños y los adultos, demasiado ajeno a unos y a otros. Nadie se preocupaba de mí y eso me parecía muy bien.

De pronto, el ritmo de la música cambió. La cuerdas del cuatro sonaron más altas y más rápidas, en una melodía simple. Me sería imposible reproducir el sonido de aquella noche, que era medio alegre y medio triste o solemne. Levanté la cabeza y me di cuenta de que la mayoría de los hombres se habían reunido en un círculo en el que también estaban integrados los músicos. En el centro había una figura que no podía ver bien, velada su imagen por los cuerpos que se interponían a mi mirada. Me acerqué y me colé entre dos hombres que se balanceaban al ritmo de la música. El hombre del interior del círculo tenía una máscara de cuero, aunque al principio no supe que lo era y me encontré frente a un ser demoniaco, esa es la palabra que me viene en este momento, aunque en la ocasión solo pensé en un monstruo, un animal de dos patas con rostro marrón oscuro, con agujeros en vez de ojos, con hocico y dientes y un par de cuernos en la cabeza de la que salían mechones de pelo enmarañado. El monstruo tenía, además, un látigo corto de varias puntas en la mano derecha.

Los hombres comenzaron a cantar y el hombre del látigo se estremeció como si lo hubiera alcanzado una corriente eléctrica, a pesar de que a muchos kilómetros a la redonda no hubiera nada que funcionara con electricidad. No entendí la mayoría de las palabras que cantaban los hombres. Pronto, uno de los que se mecían con la música saltó al centro del círculo y recibió un latigazo del enmascarado. Las puntas se enroscaron alrededor de su cuerpo y el hombre cayó al suelo. Se puso en pie de un salto y avanzó hacia el enmascarado, que lo recibió con otro latigazo. Pero esta vez el efecto no fue tan contundente. El retador recibió el golpe en el brazo izquierdo y no pareció sentirlo. Llegó hasta el que portaba el látigo, se abrazaron y lucharon. Entrelazaron brazos y piernas, sin llegar a golpearse con los puños. Cuando podía, el enmascarado descargaba el látigo sobre el otro. Me di cuenta de que el retador trataba de quitarle el látigo al enmascarado y este hacía todo lo posible para que esto no sucediera. Los músicos y los cantantes mantenían el ritmo, entre alegre y solemne, y los luchadores parecían (me lo pareció a mí, seguramente) adaptar sus movimientos a la música. Ambos cayeron al suelo y rodaron un par de metros; el círculo casi se rompió. El enmascarado logró desasirse del abrazo de su contrincante y se levantó. Descargó dos rápidos golpes con el látigo en el torso de su oponente, que se retorció tratando de evitar el castigo. Puso una rodilla en el suelo y recibió un golpe que le cruzó la cara y el cuello. Cayó nuevamente. Dos hombres se acercaron y lo ayudaron a levantarse. El hombre del látigo volvió a ocupar el centro del círculo.

La máscara mantenía una impasibilidad horrorosa. Otro hombre entró al ruedo y las acciones se repitieron, aunque esta vez el hombre del látigo tuvo más dificultad en conservarlo. El tercer hombre consiguió arrebatárselo y los cantantes estallaron en gritos de alborozo y lamento. No sé si se alegraban por la derrota del enmascarado, si lamentaban la victoria del oponente o lloraban la partida de la difunta en el interior de la casa.

Después de perder el látigo, el hombre se despojó de la máscara y la entregó a quien le había despojado de su arma. Se convirtió en uno más (pero no uno cualquiera, puesto que era mi padre, casi irreconocible al principio; su rostro sudado, enrojecido, alterado por la máscara de una manera incomprensible), cansado, con un pómulo hinchado, que se integró al grupo de cantantes. El nuevo poseedor de la máscara y el látigo dio saltos, se movió como un mono, como un tigre, agitó el látigo en el aire y esperó al nuevo oponente.

Yo me alejé unos metros del corro de músicos y luchadores. Perdida la novedad, comenzaba a aburrirme y el sueño se iba apoderando de mis brazos y piernas y ponía una mirada vidriosa en mis ojos. Me senté en una piedra alta y chata al inicio de un camino que descendía, supuse, hasta el río.

5

Es todo muy extraño, ¿verdad? Digo, para alguien que no se ha criado en este sitio.

No me enteré cuándo el hombre se sentó en otra piedra a mi lado. Su voz fue la primera señal de su presencia.

Volví a mirar hacia los danzantes y al resto de los asistentes al velorio. Parecían envueltos en una densa niebla o, dicho más adecuadamente, en una sustancia trasparente –un velo, una emanación del aire– en la que sus gestos eran visibles pero cada vez más lentos y borrosos, y sus voces audibles pero cada vez más lejanas. Aun así, aquello no me extrañó de ninguna manera.

Creo que solo moví la cabeza en señal de asentimiento, sin ninguna palabra superflua.

Mirándolo bien, el hombre era bastante joven; tendría apenas algunos años más que yo. Estaba vestido con una camisa blanca de manga larga y un pantalón color caqui, como muchos de los hombres que asistían al velorio.

Se levantó y me hizo un gesto con la cabeza. ¿Me acompañas? No tuvo que pronunciar las palabras. Comenzó a alejarse por el estrecho sendero que bajaba al río y yo lo seguí. Me esperó unos metros más allá. Se puso a mi lado.

A pesar de que no había luna, el camino era perfectamente visible, como si estuviera hecho de talco; a cada lado, los arbustos habían adquirido una tonalidad traslúcida, iluminados desde el interior por un resplandor frío. Entre las hojas y las ramas entrelazadas, los insectos, sus muchas patas, antenas y alas, se movían en lánguidas corrientes.

Los sonidos del velorio se habían apagado definitivamente; no había voces ni música ni llanto. Una parte de mí se alegró de ese silencio. Otra parte lo lamentó. Había algo en mi interior que comenzaba a romperse o a desatarse mientras la resistencia crecía.

El hombre se detuvo. Lo miré. Ahora tenía el aspecto de un anciano de barba recortada en la que se entremezclaban pelos negros y blancos. Sus ojos imperiosos me miraron, sin amenaza ni consuelo. Imparciales. Sobre su hombro derecho se asomaba la cabeza de una pequeña culebra verde.

Yo también dejé de caminar. Y era tan fuerte el deseo de continuar hasta el río y lo que tuviera que mostrarme, las casas de cristal, los hermosos habitantes, el lenguaje de los animales y de las plantas, como el de volver junto a mi padre y el resto de mis familiares, el lado de acá de las cosas, con sus cotidianas y miserables sorpresas.

La mano de mi padre me sacudió un hombro y me despertó del sueño en el que seguía el curso de un río poco profundo pero caudaloso. Un grupo numeroso de hombres y mujeres seguían también la corriente en silencio. Más sombras que personas, nos encaminábamos a un recodo nebuloso donde una figura enmascarada nos aguardaba.

¿Qué pasa?, pregunté, mientras trataba de enfocar aquel rostro inclinado sobre el mío; increíblemente, yo permanecía aún sentado en la piedra y no me había desplomado al suelo de tierra.

Nada. Ya nos vamos.

El velorio se había reducido a su mínima expresión. Los niños habían desaparecido de mi vista; muchos adultos también. Los que quedaban estaban reunidos en varios grupos pequeños en los que se fumaba y bebía. Del interior de la vivienda me llegaba un coro de voces femeninas rezando.

Nos dirigimos al vehículo de mi padre, estacionado a un costado de la carretera. 


 

Rubi Guerra, San Tomé (1958). Narrador, periodista, editor, gestor cultural. Promotor del cine y la literatura. Ha sido gerente de La Feria Internacional del Libro de Caracas. Ha desempeñado un trabajo intenso en La Casa Ramos Sucre de Cumaná desde el año 1983. Ha publicado seis libros de cuentos: El avatar (1986), El mar invisible (1990), Partir (1998), El fondo de mares silenciosos (2002), Un sueño comentado (2004) y La forma del amor y otros cuentos (2010). Ha escrito las novelas: El discreto enemigo (2001), La tarea del testigo (2007), Cálidas ruinas (2023) y Dime que me extrañas (2025). Reside en Cumaná, Estado Sucre.

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