Avanza la mañana en el tren que me mueve por Long Island. Me acompaña en el viaje el nuevo libro de Luis Correa-Díaz, La región antártica famosa, continuación de su Ercilla en Concepción. La lectura me enlaza de inmediato con una red de posibilidades que trae ese verso de Ercilla en mi propia historia: poetas queridos y amigos comunes, el Chillán de Pedro Lastra, pero también del Purén indómito, el Punta Arenas de Christian Formoso y su lúdico Walt Whitman Mall. Chile en la Isla Larga de Nueva York. Los poemas de La región antártica famosa se me revelan, de inmediato, como una suerte de plataforma: un aplicativo poético cultural para tejer sentidos, afectos y desconciertos críticos ante las derrotas de este mundo moderno. El poema y el tren me mueven.
Sigue el viaje y la estación me interrumpe. Las fotos en el teléfono me muestran el final de la “campaña antártica española” de 2025. A fines de marzo, los hielos recuperan violentamente su espacio y la tierra de pingüinos y científicos regresa a su orden de página en blanco. Un experimentado guía –un baquiano de la región antártica— explica que hoy desde el campamento científico se ve “el trasiego de los cruceros”. Leo y paso el dedo en la pantalla sobre las imágenes de los confines del mundo, mientras veo llover borrosamente por la ventana del tren en la estación fría y húmeda de Jamaica. Los equívocos topónimos de las islas me pierden e intento ubicar en mi cabeza esos versos del joven Derek Walcott que describen la mirada de los turistas desde los cruceros sobre la extraviada isla de Santa Lucía. Fracaso y recurro a la memoria externa: “Meanwhile the steamers which divide horizons prove / Us lost; / Found only / In tourist booklets, behind ardent binoculars” (“Prelude”). ¿Qué ven los modernos cruceros en la región antártica? El nuevo libro de Correa-Díaz nos ayuda a entender esas miradas por una extensísima región famosa y por un Chile de música, videos y libros. El yo-poético no solo nos envuelve con su lenguaje y evocaciones, sino que nos enlaza con sus links y códigos QR. El poema deviene binocular y audífono, instrumento y medio de nuestros viajes.
Hoy vuelve a hacer frío en este inicio de primavera en Nueva York y repito, como en un encantamiento espiritista, el verso endecasílabo de Ercilla de su primer canto de 1569: “en la región antártica famosa”, y constato que el ritmo de los endecasílabos, como pasos que damos en el hielo, persiste en mi cuerpo y mi memoria. Después de muchos años y desplazamientos, ignoro si el poema chileno me habita por las culpas fantasmales de aquella modernidad o por la misma fuerza de los términos de Ercilla y sus redes de lecturas, como si La Araucana fuera también, como el libro de Correa-Díaz, una superficie o plataforma de hipertextos por la que vamos midiendo nuestros pasos y construyendo nuevas rutas en esa región antártica famosa.
Los lectores entramos, por tanto, en un Chile literario e histórico y nos movemos, según nuestras experiencias y lecturas, como locales o extranjeros próximos. En este tren de hoy, pienso que me habría encantado tomar un café con don Félix Martínez-Bonati y conversar con él sobre los reinos de la imaginación, mezclando nuestro castellano austral con algunas palabras nórdicas, mientras leemos juntos este nuevo libro: “Se llevó la semilla de unos versos” nos dice Correa-Díaz con un hermoso endecasílabo que nos lleva a “La entrada del cielo” a través de capas de referencias, por las que me pierdo entre letras cursivas y redondas, hasta que me encuentro con el desterrado jesuita criollo Manuel Lacunza y hago click con este tremendo libro-poema-plataforma que, como un nuevo Aleph, puede sorprenderte con la visión de tu propio rostro.
Paul Firbas / Stony Brook University












